Historiadores taurinos del siglo XIX (Velázquez y Sánchez, Neira) justifican la inclusión de la biografía de Juan Pastor en sus obras, más que por sus cualidades como torero, por ser un prototipo de la época, ejemplar de vida disipada. Buen mozo, de elevada estatura, pálido y fachendoso, buscado por cantaores por su prodigalidad, habitual de ruidosas fiestas, con desenfrenos de orgía, por sus hembras de rumbo, bailarinas de vito, jaleos jerezanos, boleros, zorongos, seguidillas o fandangos que paseaba en las grupas de sus caballos, que mejores no los había; por su lenguaje rudo y libre, por su ostentosa marchosería y porque nadie vestía de majo con más riqueza y gusto, figurín sevillano en corte y accesorios de chupas y jerezanas, marselleses, zamarras, fajas, botonería y hechura de calañeses.