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· DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE RONDA ·

Ronda, 23 de enero de 2023

Toreros históricos en la Plaza de Toros de Ronda (VI). Jerónimo José Cándido, «el cuñado de Pedro Romero»

Jerónimo José Cándido, "el cuñado de Pedro Romero". Personalidad taurina de notable relieve, contó siempre con el respeto de compañeros de profesión y aficionados como maestro reconocido. “Hombre más de trapo que de espada”, gran conocedor de toda clase de reses y de la lidia más conveniente a cada una, en la que mezclaba con gran pericia la sobriedad rondeña con los adornos que viera en el sevillano Pepe Hillo, ejerciendo notable influencia en la generación posterior, una dolencia reumática en la cúspide de su carrera condicionó su trayectoria.

Personalidad taurina de notable relieve, Jerónimo José Cándido contó siempre con el respeto de compañeros de profesión y aficionados como maestro reconocido. “Hombre más de trapo que de espada”, gran conocedor de toda clase de reses y de la lidia más conveniente a cada una, en la que mezclaba con gran pericia la sobriedad rondeña con los adornos que viera en el sevillano Pepe Hillo, ejerciendo notable influencia en la generación posterior, una dolencia reumática en la cúspide de su carrera condicionó su trayectoria.

Su fecha de nacimiento en Chiclana de la Frontera fue un enigma para varios historiadores de la Tauromaquia, hasta que datos contrastados la han fijado en 1770, bajo el reinado de Carlos III, el mismo año que vino al mundo Ludwig van Beethoven y el inglés James Cook merodeaba por Australia. Su padre fue José Cándido Expósito, del que se decía era hijo de una dama de alcurnia y de un criado negro de las Antillas (en algún papel de la Maestranza sevillana se refieren a él como “Joseph Cándido, que es negro”), torero que había hecho buena boda con la hija de un rico labrador. A veces citaba con un sombrero y practicaba la suerte suprema con un puñal, y está inscrito en la historia por ser el primero en tomar la alternativa con el rito de la cesión de trastos y la primera víctima mortal por cornada en una plaza de toros, la del Puerto de Santa María, en 1771. Huérfano también de madre a los ocho años, Jerónimo José quedó a cargo de un tutor que administró la fortuna que debía asegurarle el porvenir y una instrucción alejada de la profesión de torero.

José Cándido descabellando un toro. «La Lidia», 10 septiembre 1883. Biblioteca-RMR.

Esa administración no fue provechosa. Entre que no se le negaron caprichos al adolescente, que “solo atendía a los goces del momento”, aficionado al acoso y la brega de toros en los campos de su entorno chiclanero, y la supuesta rapacidad del tutor, el resultado fue que a la edad de diecisiete no tenía ya hacienda que gastar. En ese trance, el joven decidió emprender la aventura del oficio de su padre. Se puso bajo la protección de José de la Tixeira, rico hacendado, reconocido caballero aficionado y escritor taurino (ayudó a Pepe Hillo a escribir su Arte de Torear) con el que debía tener cierta relación por ser hijo de quien era, que lo recomendó a Pedro Romero para que se formara en su cuadrilla.

Fue así que Cándido llegó a Ronda. El muchacho era de carácter agradable, con instrucción, mesurado y nada fardón, sin parecido con las habituales hechuras acanalladas de muchos de los toreros de antaño, de modo que Pedro Romero le tomó afecto y lo llevó a vivir a su propia casa, en la que entablaría una relación con María Isabel, hermana del genio, que concluiría en boda (aunque no se conservan registros del enlace), matrimonio que no se prolongó por la temprana muerte de la mujer. Aprendió pronto a desentrañar los arcanos de la profesión y fue subiendo de categoría en la cuadrilla de Romero, pasando de subalterno a media espada, categoría que adquirió en 1798 hasta la retirada de su jefe en 1800, según algunas fuentes. Ya como primer espada estuvo toreando hasta 1804 en diversas plazas españolas.

Llegaron nuevos vientos, racheados y violentos. Con Godoy, el hombre fuerte de Carlos IV, se acentuó la animadversión a los toros de los primeros reinados borbones, con prohibiciones que se prolongaron desde 1805 hasta 1807, pero durante la invasión francesa se levantó la veda y Cándido participó en varias corridas napoleónicas de Madrid. En 1808, para conmemorar la proclamación de José I, el rey intruso, cuando a la capital no había llegado todavía la noticia del triunfo español de Bailén. En 1810 toreó diez veces con gran éxito alternando con Curro Guillén, que había pertenecido a su cuadrilla (dos años después Guillén se exiliaría a Lisboa para no rendir pleitesía al invasor, y acabaría muriendo en la plaza de Ronda). Repite Cándido los dos años siguientes ya como primer reclamo de las corridas de José I, pero entonces le apareció la dolencia reumática que puso freno a sus capacidades, y regresó a Andalucía para reponerse, donde se casaría dos veces más.

Geronimo José Candido (En el quite de la suerte de vara). «Historia del toreo y de las principales ganaderías de España», por García de Bedoya (1850). Biblioteca-RMR.

Bajo el reinado de Fernando VII siguió activo, aunque en franca decadencia física y sin poder ya competir de igual a igual con Curro Guillén, convertido a su regreso del exilio en primera figura indiscutible. Un informe de la Comisión de Pamplona de 1917 lo manifiesta con crudeza: “El Cándido, a la verdad, es más torero que todos; pero está muy viejo y, además de eso, cojo, por lo que no mata ningún toro de menos de diez estocadas, cuando menos, y aun el año pasado, después de dar 26 a uno, lo tuvieron que matar desde la barrera”.

Se retira en 1824, con familia que mantener y sin haber podido ahorrar, porque seguía siendo dispendioso. Sus amigos median ante Fernando VII, que lo admiraba, para conseguirle un modesto empleo como cabo-comandante del resguardo de sales en Sanlúcar de Barrameda. En 1830 se crea la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, y su impulsor, el conde de la Estrella, lo propone como director. Sin embargo, Pedro Romero, de 75 años, que vivía retirado en Ronda de una exigua pensión, reclama el puesto, y para demostrar que está en condiciones se ofrece a matar un toro en presencia del Rey. A Cándido no le queda más remedio que conformarse humildemente con la plaza de ayudante.

La Escuela tuvo un funcionamiento irregular, aunque pasaran por allí ocasionalmente el caballero torero Pérez de Guzmán o el gran Francisco Montes y se formará un jovencísimo Cúchares. Con escasez de medios económicos y otros inconvenientes de carácter político que se agudizaron con la muerte de Fernando VII, cerró sus puertas en 1833, mientras el motrileño Javier de Burgos dibujaba el mapa de las provincias de España en el primer gobierno de la regencia de María Cristina.

La Escuela de Tauromaquia de Sevilla. «La Lidia», 6 de junio de 1887. Biblioteca-RMR.

Pedro Romero regresó triste a Ronda, pero Cándido no recibió la pensión por su trabajo de Sanlúcar al no haber cumplido el requisito de diez años en el cargo, y se vio obligado a penar por algunas plazas en corridas sueltas con más de sesenta años en un país inmerso en una guerra civil y cuyos presidentes duraban meses en el cargo. En una corrida de agosto de 1835 en la capital, un mes después del triunfo del ejército liberal contra las fuerzas carlistas en Mendigorría, se le concedió el privilegio de estoquear un toro que escogiera entre los ocho que se iban a lidiar. En el cartel se decía: “ (…) sus conocimientos en la tauromaquia y las muchas veces que por ellas se ha distinguido en esta plaza le recomiendan a la benevolencia de los espectadores”. Pobre y muy enfermo, tendría alguna otra ocasión más en Madrid, donde había fijado su residencia, con tristes resultados. Parece que su última actuación fue en una corrida de plaza partida, “ofreciéndose a contribuir, en cuanto alcancen sus fuerzas y conocimientos, para quedar con el lucimiento que corresponde”.

El primero de abril de 1839 expiraba en una pensión para pobres de Madrid. De su legado queda que fue el primero en dar la vuelta al ruedo, llevado de su afable carácter, para agradecer los aplausos después de una buena faena.

Bibliografía

Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III. Espasa Calpe, Madrid, 1943.

Velázquez y Sánchez. Anales del toreo. Imprenta y ed. Juan Moyano, Sevilla, 1868.

Sánchez de Neira. El Toreo. Gran diccionario tauromáquico. Imprenta de Miguel Guijarro, Madrid, 1879 (Turner, Madrid, 1988).

Rivas Santiago. Toreros del romanticismo (anecdotario taurino), pról. de J. Belmonte, Madrid, Aguilar, 1947 (Madrid, Aguilar, 1987).

Recortes, seud. de B. del Amo. Jerónimo Cándido, Curro Guillén y sus discípulos. Estudio biográfico. Madrid, Viuda de Galo Sáez, 1947 (col. Histórico-Taurina, V. III).

Boto Arnau. Cádiz, origen del toreo a pie (1661-1858), pról. de R. Cabrera Bonet, Madrid, Unión de Bibliófilos Taurinos, 2001.