En el anterior capítulo dejamos a Cúchares y su picador Antonio Pinto luchando en la calle Lobo, y a otros integrantes de su cuadrilla en la barricada de Nuevo Rezado. En la histórica plaza de la Cebada, baluarte desde el que se inició un avance de posiciones en dirección al Palacio Real, participaron más toreros, como los picadores Bruno Azaña y Juan Uceta junto a los hermanos Muñoz, conocidos como los Pucheta.
Picador duro, el madrileño Bruno Azaña era muy conocido en su ciudad. Miope, no era raro que marrase y picara bajo, y se veía obligado a veces a enmendar el yerro. Neira dice de él que era “de trato alegre y decidor”. Nacido en 1819, su primer trabajo fue en las caballerizas de la empresa de la diligencia correo de Madrid-Aranda-Burgos, donde aprendió el manejo de los caballos. Recibió lecciones del varilarguero sevillano José Muñoz y Domínguez, que formó parte de la cuadrilla de Montes, y comenzó a picar novilladas en cosos menores. Se presentó en Madrid en una novillada de 1846. Por las fechas que se narran estaba trabajando con Cúchares. Después pasó por las formaciones José Redondo el Chiclanero, de su gran amigo el infortunado Pepete (fue uno de los cuatro picadores que llevó su ataúd en 1862), de Julián Casas el Salamanquino y Antonio Sánchez el Tato.
Según algunas fuentes, parece que contaba con la protección de un alto personaje, que bien pudiera ser Víctor Balaguer y Cirera, literato, historiador y político, que llegó a ministro de la corona, aficionado que escribía de toros y que le dedicó al picador estos versos. “Que sea o no el toro bravo, / que rehuya o no rehuya, / nadie como Bruno Azaña / para clavarle la puya”.

Retrato de Bruno Azaña. El Ruedo, 1946. Biblioteca Digital de Castilla y León.
En su semblanza se incluye que tenía carácter fuerte, irreflexivo en ocasiones durante la lidia, citando al toro en terrenos poco apropiados. Como todos los picadores de la época sufrió no pocas costaladas. Por su aspecto, según se aprecia en sus retratos, parecía un lobo de mar con su poblada barba sin bigote. “Fue honrado y buen esposo”, añade Neira a su biografía. Se despidió de la plaza de Madrid con una última actuación en 1867, un año antes de fallecer.
De otro picador combatiente, Juan Uceta, pocos datos hay, aunque se conoce su aspecto en fotografía publicada por El Ruedo en 1946, con similar aspecto al de su compañero Azaña. Se sospecha que era de origen andaluz, y en los carteles de la plaza de Madrid figura entre 1849 y 1862. Según Cossío “tenía cualidades, estilo, inteligencia y conocimiento, pero le faltaba poder”, algo imprescindible en los piqueros de su tiempo.
El banderillero Francisco Muñoz Pucheta menor, comenzó a aparecer en Madrid a partir de 1854 y hasta 1868, en funciones importantes, lo que indica que debía ser rehiletero bueno. Hermano pequeño de José Muñoz Pucheta, matador de toros que se hizo famoso, más que por sus virtudes taurinas, por ser un exaltado agitador popular, mencionado por Galdós e incluso por Karl Marx, como recuerda Luis Sánchez Moliní en un artículo dedicado a su figura. Como torero su desempeño fueron “faenas vulgares, anodinas y desgarbadas” según recoge Bruno del Amo Recortes. Sobre su origen se da por buena su fecha de nacimiento el 19 de noviembre de 1817 en Madrid, aunque también hay indicios de que tanto él como su hermano nacieron en tierras de la Mancha o Levante, y que llegaron a la capital siendo niños para vivir con un hermano de su madre, empleado en el matadero. Fuera como fuera, allí nacería su vocación, trabajando con su tío como puntillero o matarife.
Pasó luego a ser banderillero en fiestas de pueblo, siguiendo los pasos de tantos otros, hasta actuar en Madrid en 1845 en la cuadrilla del veterano novillero sevillano Perico Noteveas, ya en franca decadencia, para después dar el salto ese mismo año a estoquear novillos, alternando en esa categoría con los emergentes Julián Casas el Salamanquino y Cayetano Sanz. En 1848 lo hace como media espada, y los años siguientes acompaña a algunos matadores de nombre por provincias. Su falta de gracia y de arte las suplía a veces con arranques irreflexivos de valor que mezclaba con espantás. El 2 de enero de 1853 protagonizó una actuación que mereció este comentario: “Pucheta no anduvo en sus toros escaso de pinchazos y estocadas, con todo aquello de soltar el trapo y tomar el olivo, lo cual no tiene nada de particular, porque en tiempo de borrasca cualquier lugar es puerto”.
Los sucesos de julio de 1854 y su protagonismo al frente de las turbas ciudadanas en su barrio del distrito de La Latina lo auparon como un héroe. Los duros enfrentamientos del día 19 pusieron de manifiesto que el gobierno no contaba con demasiadas fuerzas, empleadas la mayoría en perseguir al ejército de O’Donnell, que vagaba por la Mancha mientras esperaban refuerzos. Los soldados que permanecían en Madrid comenzaban a desanimarse, muchos mandos dimitieron mientras el gobierno se atrincheraba en Palacio y el círculo de barricadas se extendía cada vez más. La ciudad era un campo de batalla. Para calmar la situación, a la caída de la tarde de ese día el gobierno ordenó que las cornetas de la guarniciones de los edificios importantes tocaran un alto el fuego. A continuación llegó la noticia de que la Reina había hecho llamar al general Espartero, duque de la Victoria, para que se hiciera cargo de la presidencia del Consejo de Ministros, decisión que fue acogida con gran alborozo por los sublevados.

Retrato de Juan Uceta. El Ruedo, 1946. Biblioteca Digital de Castilla y León.
Mientras se esperaba la llegada del general, la insurrección dio sus últimos coletazos para cobrarse venganza en la figura del comisario jefe de Madrid, Francisco Chico, principal brazo represor del gobierno de Sartorius. Según algunas fuentes, y a través de una informante que reveló a Pucheta el lugar donde se escondía en una de sus casas, una turbamulta dirigida por el torero asaltó la residencia el día 23.
Chico, al que todo el mundo tenía por jefe de los ladrones de Madrid, había creado una red de contraespionaje en los bajos fondos para perseguir conspiradores y una telaraña que sacaba provecho de los robos en casas particulares, revendiendo luego lo sustraído a sus propietarios como una especie de rescate. Había conseguido una gran fortuna, propiedad de varias casas y una excelente colección de cerca de 700 pinturas, que se descubrió durante el asalto, obras de Velázquez, Rubens, Durero, Murillo y medio centenar de Goyas, amen de otras riquezas ornamentales.
A media mañana, una comitiva de casi 10.000 personas atravesó Madrid en dirección a la plaza de la Cebada. Cristino Marcos la describe: ““Formaban la vanguardia una multitud de pillos desarrapados, descalzos, desgreñados, de fisonomías cínicas y teñidas por la intemperie: luego, entre un tropel de hombres armados, venían dos ginetes en dos jamelgos no tocando, trompeteando, como podían
con dos viejos clarines; detrás venía un hombre que llevaba colgado de un palo alto amanerade estandarte un retrato pintado al óleo; de tiempo en tiempo los dos trompeteros se detenían, dejaban llegar el retrato y le daban de cuchilladas con sus sables, empinándosesobre los estribos”.
Galdós, en su Episodio Nacional O’Donnell se hace eco de esta escena. “Al portador del retrato seguía otro gandul con trazas de matarife, en mangas de camisa, ésta manchada de sangre, de la cual pendía, muerto y sin plumas, un gallo colgado por el pescuezo. Tras este iba un hombre a pie, empujado más que conducido por un grupo de bárbaros, también con aspecto de matachines”.

Centinela en la barricada de calle Toledo. La Ilustración. 7 de agosto de 1854. Madrid. Biblioteca Nacional de España.
El hombre en cuestión era un policía, llamado Mendal, apodado el Cano, portero de la casa del protagonista principal de la procesión. Continúa Galdós: “Seguían las angarillas cargadas por cuatro, de lo más soez entre tan soez patulea; las angarillas sostenían un colchón, en la cual iba el infeliz Chico sentado, de medio cuerpo abajo cubierto con las propias sábanas de su cama, de medio cuerpo arriba con un camisón blanco, en la cabeza un gorro colorado puntiagudo que le daba aspecto de figura burlesca”.
La comitiva atravesó la plaza de la Cebada hasta llegar a la fuentecilla de la calle Toledo, lugar en el que fueron fusilados entre el clamor del gentío congregado. Uno de los dos jinetes, “con blusa de dril y un plumacho en el sombrero”, el que mandaba, era el novillero José Muñoz Pucheta.
(Continuará)
Bibliografía
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Un aficionado. Historia de la plaza de toros de Madrid. Imprenta y librería de Eduardo Martínez, Madrid, 1883.
Santa Coloma, José. Apuntes biográficos de los diestros que más se han distinguido en el arte de torear. Folletín del Tábano. Imprenta a cargo de J. López, Madrid, 1872.
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