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· DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE RONDA ·

Ronda, 8 de febrero de 2023

Toreros históricos en la Plaza de Toros de Ronda (XXV). Manuel Fuentes «Bocanegra», el torero infortunado

En septiembre de 1874 se inauguró en Madrid una nueva plaza de toros durante un momento histórico particularmente revuelto. Entre los ocho jefes de cuadrilla contratados para la ocasión estaban Lagartijo, Frascuelo, Currito, hijo del célebre Cúchares, y un cordobés que a pesar de su ocaso aún conservaba cierto prestigio, Bocanegra.

En septiembre de 1874 se inauguró en Madrid una nueva plaza de toros durante un momento histórico particularmente revuelto. El año anterior había renunciado al trono el rey Amadeo I de Saboya, poniendo fin a su efímero reinado, superado por el desgaste de la prolongada insurrección de Cuba desde 1868, el estallido de la tercera guerra carlista de 1872 y su falta de apoyos políticos, abdicación que desembocaría en la proclamación de la primera república española entre revueltas cantonales. Benito Pérez Galdós comenzaba a publicar sus Epìsodios Nacionales.

En ese inflamado contexto el público de Madrid se dispuso a disfrutar de un nuevo y bonito coso taurino, llamado de la Fuente del Berro o de Goya, de estilo neomudéjar y con capacidad para cerca de 15.000 espectadores. Entre los ocho jefes de cuadrilla contratados para la ocasión estaban Lagartijo, Frascuelo, Currito, hijo del célebre Cúchares, y un cordobés que a pesar de su ocaso aún conservaba cierto prestigio. También participaba el afamado picador Antonio Calderón y entre los banderilleros figuraban dos hermanos de la familia de los Gallo, José y Fernando, padre de Rafael y Joselito. La corrida empezó a las tres de la tarde, en un día lluvioso y con viento.

Manuel Fuentes (Bocanegra), por Teodoro Arámburu. “Anales del toreo” de José Velázquez y Sánchez (Sevilla, 1868). Biblioteca-RMR

El primer toro era del duque de Veragua, de nombre Toruno, “berrendo en negro, capirote, botinero y astillado del izquierdo”. Le correspondió el honor de la primera lidia al cordobés Manuel Fuentes, que cuatro días antes había sufrido una cogida, algo que no era raro en él. Bocanegra era su apodo, por su parecido físico con un banderillero de Montes y Chiclanero que había muerto en la anterior plaza de la puerta de Alcalá. Toruno recibió varias varas de Calderón, tumbó tres veces y dejó un equino finado. A la hora del brindis Fuentes se equivocó, y hubo que advertirle que no era al duque al que había que dedicarle el toro, sino a la presidencia. Soltada su letanía, se hizo cargo de Toruno con pocos pases (seis le contabilizó la crónica de El Toreo) antes de entrar a matar. El toro se escapó por el tendido 10 y regresó al ruedo, donde Bocanegra tuvo que darle más pases y repetir la suerte suprema con una estocada “atravesadísíma”.

A esas alturas, con 37 años, Manuel Fuentes se veía ya cada vez más impedido para estar a la altura de la competencia. Había nacido en la capital del califato en 1837, el mismo año en el que subía al trono de Inglaterra la reina Victoria. Hijo de Canuto, novillero y banderillero, comenzó a torear siendo un niño, junto a la cuadrilla de toreros infantiles que organizaba el torero y empresario Antonio Luque, el Camará, otro cordobés señalado en estas lides. De buena estatura y fuerte complexión, ingresó más tarde en la de Pepete, aquel torero desmedido de valor suicida, y muchos paisanos suyos vieron en el joven a su sucesor. También lo acogió con buenos ojos la afición sevillana, cuando pasó a la formación de Manuel Domínguez Desperdicios, el eslabón que transmitía la esencia de la escuela de Ronda.

El maestro le tomó aprecio, el muchacho demostraba buenos conocimientos taurinos, y aunque no tuviera una especial gracia ni finura, con las banderillas era eficaz y ejecutaba otras suertes con valor y buena predisposición, también con la garrocha en ocasiones. Pronto quiso emanciparse, y a juzgar por comentarios de entendidos, Domínguez le concedió de forma prematura la alternativa en El Puerto de Santa María en agosto de 1862. Aunque era corto de virtudes en el manejo de la muleta, hizo sus progresos, y por su manera de encarar a los toros, algo tensa, consiguió renombre.

En el segundo año de su carrera como matador sufrió dos graves cornadas, una en Sevilla al acudir en auxilio de un picador, y otra en Ciudad Real. No se enfrió su valor, y cuando se recuperó fue reclamado por todas las plazas importantes de Andalucía, que querían ver a un torero muy bravo y con ganas de agradar, atreviéndose con todo, que “paraba” con aplomo a los toros. Un tanto irreflexivo, sin embargo, se le achacaba que no distinguiera lo que se le puede hacer a un toro según sus características, causa de que lo cogieran con una frecuencia alarmante. En 1864, en una corrida en Cádiz, un toro de Andrade de “muchos pies, abanto y receloso” con mucho sentido lo enganchó con una cornada en el cuello que afectó a la carótida, herida que hizo temer por su vida y de la que se recuperó milagrosamente.

Una cojida de Bocanegra. “La lidia: revista taurina”. Año 5, n. 28, 1 de noviembre de 1886. Biblioteca-RMR

Depositario en principio de la manera rondeña de entender la lidia a través de Domínguez, la afición de su ciudad comenzó a criticarle que pretendiera acercarse al toreo bullicioso y ventajista de Cúchares, quien le confirmaría la alternativa en 1864 en Madrid. También quiso imitar los famosos pares al quiebro de Gordito, que en 1865 apadrinaría la alternativa de su primo Lagartijo, con quien había coincidido y competido en época de formación. Esa rutilante aparición oscurecería, como sostiene Cossío, la carrera de Bocanegra y provocaría rupturas y reconciliaciones entre ambos.

Si ese fue uno de sus infortunios, no lo fue menos su tendencia a engordar, lastrando la agilidad de la que hizo gala en su juventud. Sumemos que, aquejado de una enfermedad venérea, mientras toreaba en 1868 una vaca en los corrales del matadero de Córdoba tuvo que arrojarse a una pila de agua para no evitar ser cogido, lo que derivó en una afección de los ojos que le impidió torear durante dos temporadas y media. Fue precisamente Lagartijo el que sufragó la cura de la oftalmitis, ante la falta de recursos económicos de su pariente.

En su reaparición se mostró lento y torpe con la espada, pero tuvo una tarde de gloria en Sevilla en 1872 frente a Gordito, al que ganó el duelo de las banderillas y fue sacado a hombros. Subió su cotización y encontró contratas en Madrid, aprovechando que Gordito era repudiado en la capital. Pero las desavenencias con Lagartijo volvieron a producirse y poco a poco en su vano empeño de competir con él fue descendiendo peldaños en la estimación general, entre pérdida de recursos físicos cada vez más acusados, cogidas y faenas desaliñadas. Se vio obligado a actuar en plazas de segundo orden, a veces como empresario, aumentando deudas sin parar.

Manuel Fuentes (Bocanegra). “La lidia: revista taurina”. Año 8, n. 13, 8 de julio de 1889. Biblioteca-RMR

Su final estuvo acorde a su trayectoria infortunada. El 20 de junio de 1889, cuatro días después de torear con 52 años en Madrid sustituyendo a Frascuelo, asistió a una novillada para principiantes en Baeza. En cuarto lugar saltó a la arena un ejemplar que provocó el pánico entre la muchachada, que no se atrevía a dar un quite. Saltó Bocanegra a la plaza con afán de ayudar, junto a su pariente el novillero Rafael Ramos el Melo, y al intentar el quite fue perseguido por el toro que lo alcanzó cerca de la ingle antes de que pudiera entrar en el burladero. La cornada, tremebunda, afectó a la zona intestinal y derivó en peritonitis, expirando al día siguiente.

Sentido por todos como hombre bueno y cabal, aunque tuviera que sufrir desprecios y vejaciones por parte de los públicos que asistían a su declive, luchando “contra la pobreza de elasticidad de sus músculos”, no quedaron en el olvido las innegables cualidades que tan buenos augurios le acompañaron en su juventud, su serenidad, aplomo y valentía que quedaron refrendadas en algunas faenas magistrales incluso en su época de decadencia.

Bibliografía

J.Mª. Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III. Espasa Calpe, Madrid, 1943.
J. Velázquez y Sánchez. Anales del toreo. Imprenta y ed. Juan Moyano, Sevilla, 1868.
J. Sánchez de Neira. El Toreo. Gran diccionario tauromáquico. Imprenta de Miguel Guijarro, Madrid, 1879 (Turner, Madrid, 1988).
J. Pérez de Guzmán. Toreros cordobeses. Imp. Diario de Córdoba, 1870, Córdoba.
El Toreo. Año I, núm. 23, 5 de septiembre 1875.
A. García-Baquero. Razón de la tauromaquia. Obra taurina completa. (Pedro Romero de Solís, coord.). Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, Universidad de Sevilla, 2008.
N. Luján. Historia del toreo. Ediciones Destino, Barcelona, 1954.
N. Rivas Santiago. Toreros del romanticismo (anecdotario taurino), pról. de J. Belmonte, Madrid, Aguilar, 1947 (Madrid, Aguilar, 1987)