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· DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE RONDA ·

Ronda, 23 de julio de 2024
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En recuerdo de Niño de La Palma

Tal día como hoy, el 30 de octubre de 1961 fallecía en Madrid Cayetano Ordóñez, Niño de La Palma, cabeza de la segunda dinastía de toreros de Ronda, después de la legendaria de los Romero, y artífice fundador de las corridas goyescas que concentran todos los años la atención de la afición taurina internacional en la Plaza de Toros de Ronda.

Tal día como hoy, el 30 de octubre de 1961 fallecía en Madrid Cayetano Ordóñez, Niño de La Palma, cabeza de la segunda dinastía de toreros de Ronda, después de la legendaria de los Romero, y artífice fundador de las corridas goyescas que concentran todos los años la atención de la afición taurina internacional en la Plaza de Toros de Ronda.

Descendiente de dos familias de gran arraigo en Ronda, nació el 4 de enero de 1904. Su padre, antiguo carabinero, regentaba por entonces una panadería llamada La Palma, nombre que quedaría adherido a su carrera como es bien sabido. Ningún antecedente taurino había en su estirpe, aunque de forma muy modesta su hermano Antonio hizo sus pinitos. Su afición se inició en La Línea, adonde su familia se trasladó cuando tenía trece años, en contacto con aficionados que frecuentaban los tentaderos. Su primera aparición fue de espontáneo, al saltar al ruedo de la plaza de Ceuta y ser detenido por la guardia civil.

Cayetano y Antonio Ordóñez en la Corrida Goyesca de Ronda del año 1957.

Viste de luces por primera vez en La Línea, en un espectáculo cómico en 1918. Tres años después lo hace como sobresaliente en Ceuta, con un traje donado por un espectador, alternando con dos novilleros tan desafortunados en su desempeño que la presidencia ordena que sea él el que acabe con los novillos. Y lo hace tan bien que sale a hombros. Repite con éxito en la misma plaza, y en 1922 se estrena en la Península, el 30 de abril en Algeciras. A lo largo de ese año y el siguiente se consolida como novillero de futuro en distintas plazas andaluzas. Su nombre comienza a circular en los mentideros. Los novillos lo atropellan en ocasiones, pero no se desanima. Y el 5 de octubre de 1923 debuta en Sevilla, ya con picadores, para conseguir un rotundo triunfo. Lo sacan a hombros y lo pasean por la ciudad. La resonancia de esa actuación provoca que lo reclamen en numerosas plazas. Y en su reaparición en Sevilla es cuando el crítico Gregorio Corrochano acuña la famosa frase: «Es de Ronda y se llama Cayetano».

El 11 de junio de 1925 toma la alternativa en la Maestranza sevillana de manos de Juan Belmonte con Pepe Algabeño de testigo. Todas las voces se hacen eco de que ha surgido una figura cumbre que va a inaugurar una nueva era en el toreo, y lo refrenda en Madrid en su confirmación el 16 de julio. La crónica de la revista El Toreo lo recoge: «En su primer toro, en el de su confirmación, no hizo nada, a salir del paso y sanseacabó. Pero salió el último toro de Hernández, toro bravo e ideal, y entonces Cayetano se destapó; y al destaparse vino lo bueno, lo extraordinario, lo magnífico. Todo su toreo, tanto el que hizo por verónicas como su intervención en los quites, y finalmente la faena de muleta, fue todo ello un verdadero curso de toreo. Cayetano, el de Ronda, fue proclamado catedrático, y como tal entusiasmó a todos y todos pidieron que siguiera toreando; y el catedrático toreó más y más, demostrando su indiscutible soberanía. No se puede torear mejor. ¡Imposible!»

Los dos años siguientes se sitúa en lo alto del escalafon por el número de corridas, cerca de setenta por curso. Ernest Hemingway lo incluye como personaje en su novela Fiesta, enmascarado con el nombre de Pedro Romero, precisamente.

Cayetano y Antonio Ordóñez con Ernest Hemingway en la Corrida Goyesca de Ronda de 1959.

Su toreo luminoso, alegre, natural, intuitivo, de suprema elegancia, sublime con el capote y la muleta y con un conocimiento profundo de los arcanos de la tauromaquia, que lo convertirá en un extraordinario director de lidia a juicio de todos los buenos conocedores, parece destinarlo a lo que prometía ya de novillero. Sin embargo, en su personalidad se advierte una frialdad, una suerte de apatía que apagará tan grandes expectativas, hasta el punto de que la afición se sentirá paulatinamente defraudada por la irregularidad de diestro tan talentoso. En 1928 se retira sorpresivamente para retornar en la siguiente temporada. Torea cada vez menos, salpicando sus actuaciones con algunas para el recuerdo, como una tarde de 1932 en Madrid en la que sale por la puerta grande. En 1934-35 parece remontar, y con buen número de festejos, demostrando en ocasiones su inmensa calidad. Toreará muy poco durante la guerra civil, para retirarse en 1942 toreando en Aranda de Duero, aunque durante tres años más actuará de banderillero sin cuadrilla fija.

Dice Cossío, que sentía predilección por su figura: «Niño de la Palma reunió todas las condiciones y aptitudes que debieron convertirlo en el diestro dominador, eje de la torería de su época. Pero torero tan maravillosamente dotado demostró tener un fallo entre tantas facultades eminentes: la falta de afición, de celo torero que se traslucía en su indiferencia ante los fracasos.» Nestor Luján lo llama el malogrado: «Los verdaderos degustadores del toreo como un arte, recuerdan apenados a este magnífico espada que no supo ser el mejor.»

O no quiso serlo, posiblemente, por motivos inexcrutables. El recuerdo de su figura permanece inalterable en el 60 aniversario de su muerte.

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