logo_rmcr

EL BLOG

· DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE RONDA ·

Ronda, 8 de febrero de 2023

Toreros históricos en la Plaza de toros de Ronda (XXIII). José Dámaso Rodríguez y Rodríguez, Pepete, el torero desmedido

comienzo de la llamada década ominosa del reinado de Fernando VII. Su padre, que también atendía por Pepete, era un tratante de ganado para suministro del matadero, negocio que le permitía una holgada posición. En esos menesteres recorría la provincia en busca de ganado vacuno, lanar o de cerda. Después de recibir una instrucción básica, su hijo se integró en la profesión, peinando las sendas y pliegues de la Sierra Morena que llegó a conocer como la palma de la mano. Se cuenta que sirvió de guía en una montería organizada para Alejandro Dumas y sus acompañantes a su paso por Córdoba en 1846. Ya entonces había iniciado su carrera en la tauromaquia.

Fue prototipo de lo que se entiende por un hombre rústico, que en el universo de los toreros salvo excepciones es moneda corriente. En su caso, llevado al extremo y consciente de su condición. En el Cossío se recoge un testimonio suyo, confesión hecha a un amigo: “¿Cómo quiere osté que seamos nosotros, los criaos en los mataderos? Allí no hay pulitíca arguna, y tira de estas tripas, tira de estos pellejos, degollando, siempre metíos en charcos de sangre, se nos pega tóo lo peor; que nos jacemos toreros, que nos salen contratas, y entonces tenemos ya que arterná con señoritos aficionaos, y de oir a éste y al otro, argo se nos va pegando y la mui se nos suerta; pero crea osté que en er fondo quean los malos maimones comíos…”

Vino al mundo en 1824 en el barrio cordobés de la Merced, semillero de toreros cercano al matadero viejo, al comienzo de la llamada década ominosa del reinado de Fernando VII. Su padre, que también atendía por Pepete, era un tratante de ganado para suministro del matadero, negocio que le permitía una holgada posición. En esos menesteres recorría la provincia en busca de ganado vacuno, lanar o de cerda. Después de recibir una instrucción básica, su hijo se integró en la profesión, peinando las sendas y pliegues de la Sierra Morena que llegó a conocer como la palma de la mano. Se cuenta que sirvió de guía en una montería organizada para Alejandro Dumas y sus acompañantes a su paso por Córdoba en 1846. Ya entonces había iniciado su carrera en la tauromaquia.

La tentación de ser torero le asaltó pronto condicionada por su entorno. A los veinte años se casó con Juana Bejarano, de conocida familia taurina, tía del que sería más tarde uno de los “califas” del toreo (término acuñado por Mariano de Cavia), Rafael Guerra Guerrita. El joven Pepete había crecido bien alimentado, dotado de una exhuberante fuerza física, un Hércules de imponente estatura, sobrado de arrojo; alentado por sus compadres del matadero, de compañeros con los que compartía su afición a las monterías y riñas de gallos, recibió primitivas nociones de toreros menores, vecinos de su barrio, algunos emparentados como González Panchón, Rodríguez Meloja o algún miembro de las saga de los Poleo, y contó con la protección de su pariente Antonio Luque el Camará, sobrino de Panchón, torero de calidad discreta que se había codeado con figuras y gozaba de ascendencia en esos ambientes, siempre atento con los jóvenes.

José Rodríguez, Pepete, por Teodoro Arámburu. “Anales del toreo” de José Velázquez y Sánchez (Sevilla, 1868). Biblioteca-RMR

En los albores de su carrera como banderillero demostró la que sería su impronta, “más bravo que entendido”, con escasez de recursos técnicos pero sobrado de temeraria audacia. Sus primeras actuaciones se limitaron a plazas andaluzas. El mismo año que coincide con Dumas inauguró actuando de peón con el Camará la antigua plaza de los Tejares de Córdoba. Alternó en varias ocasiones con su protector, y pasó un breve período en la cuadrilla del gran Chiclanero, sin que se le pegara ninguna ciencia. En 1850 lo hace en Sevilla junto a Juan Lucas Blanco, fecha en la que se puede decir que se inicia su carrera como primer espada, organizando su propia cuadrilla. El país recien salía de la segunda guerra carlista, continuaba la sucesión interminable de gobiernos tras varias reformas constitucionales y reinaba Isabel II en plena década moderada.

A principios de los cincuenta se presenta en Madrid, Cúchares le confirma la alternativa de cuya fecha exacta se tienen dudas; aunque todos los testigos coinciden en su falta de inteligencia agrada por su voluntad, “alto y desgarbado, frio y descompuesto casi siempre”. Hacia 1858 alcanza su máxima popularidad, y si bien se le consideraba un diestro de segunda fila su determinación consigue que los públicos quieran verlo enfrentado a los mejores espadas, quizás por el contraste que ofrecía su “despreocupación en los peligros”. En la feria de mayo de Ronda interviene ese año con los Panaderos y con Gordito (de quien detestaba sus alardes con las banderillas), exhibiendo sus bastas cualidades para delirio de los tendidos, según testimonios recogidos por el crítico taurino malagueño Aurelio Ramírez Bernal (1849-1909). Aparte de ejecutar dos de sus “tremebundas estocadas” con su brazo de hierro, recibió a un toro en la puerta del toril, al que dio pases tan ceñidos sin mover los pies que le rozaron varios derrotes. Por la noche, comentando la corrida con un aficionado que le prevenía de correr tanto riesgo innecesario, enseñó el pecho como el que muestra las medallas ganadas en una batalla, sacó una onza de oro y se hizo cruces sobre los varetazos recibidos: “Estos gorpes me los curo yo con esta meicina”.

Otra de sus características era enfadarse con los toros que lo volteaban o desarmaban, sacando un pañuelo y dando pases de frente y de perfil, con desprecio de cualquier precaución. Se sentía capaz de enfrentarse a cualquier torero. Con Manuel Dominguéz Desperdicios, otro tipo duro por el que no ocultaba su admiración, protagonizó duelos escalofriantes en varias plazas andaluzas. Según Velázquez y Sánchez, estaba “empeñado en trazar una línea que nadie osara pisar al lado suyo, a menos que no aceptara un duelo a muerte en una pugna feroz e insensata”.

Cogida de José Rodríguez (Pepete). Año 1862. “La lidia: revista taurina”. Año 3, n. 18, 14 de julio de 1884. Biblioteca-RMR

La plaza de Madrid lo contrató para la temporada de 1862, en el momento en el que se iniciaba la crisis final del reinado de Isabel II. El 20 de abril salió al ruedo junto a Cayetano Sanz para despachar la primera corrida del curso. El segundo, un miura de nombre Jocinero, era “berrendo en negro, alunarado, botinero, capirote, de cuerna bien colocada y un tanto corta”. Nada más salir persiguió a Pepete, que tuvo que tomar el olivo refugiándose en las tablas del tendido 13. Mientras intercambiaba impresiones con unos aficionados, el toro arremetió a continuación contra el afamado picador Antonio Calderón, que cayó descabalgado quedando al descubierto. Alertado por el clamor, Pepete saltó la barrera para acudir en su auxilio reclamando la atención del morlaco y encontrándose en el camino. El cordobés quedó enganchado en la cuna al no conseguir quebrar al toro, trató de zafarse pero Jocinero repitió dos hachazos que le alcanzaron en el corazón arrojándolo a la arena.

Aquel coloso consiguió levantarse sin ayuda de nadie, se sacudió un poco y caminó recto hacia la puerta de alguaciles, donde se desplomó golpeándose la cabeza contra el estribo. Tumbado en la camilla, mientras el médico le abría la camisa y examinaba la herida, dicen que el torero preguntó: “¿Es argo?”, para expirar a continuación. La desgracia de Pepete conmovió al país, se le dedicaron poemas y coplas a un torero que basó su carrera en una pugna suicida, arrebatada, “un conjunto de locuras y atrocidades”, como señalaba Ramírez Bernal, deslizándose por “la pendiente de sus desvaríos”.

Tiempo después, un sobrino nieto suyo llamado Manuel Rodríguez Manolete también perdería la vida frente a un miura.

Bibliografía

J. M. Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III. Espasa Calpe, Madrid, 1943.

Velázquez y Sánchez.  Anales del toreo. Imprenta y ed. Juan Moyano, Sevilla, 1868.

J. Sánchez de Neira. El Toreo. Gran diccionario tauromáquico. Imprenta de Miguel Guijarro, Madrid, 1879 (Turner, Madrid, 1988).

Ramírez Bernal, Aurelio. Memorias del tiempo viejo. Revista Sol y Sombra, 1899. Prólogo de R. Cabrera Bonet. Unión de Bibliófilos Taurinos, 1996, Madrid.

Gómez de Bedoya. Historia del toreo y de las principales ganaderías de España. Madrid, 1850. Publicado por Egartorre Libros, Madrid, 1989.

Antonio García-Baquero. Razón de la tauromaquia. Obra taurina completa. (Pedro Romero de Solís, coord). Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, Universidad de Sevilla, 2008.