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· DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE RONDA ·

Ronda, 8 de febrero de 2023

Toreros históricos en la Plaza de Toros de Ronda (XIX). Manuel Díaz «Lavi», el torero gracioso

Autodidacta, sentimental, dicharachero, supersticioso con los toros negros, la combinación de arrojo y pavor según soplara el viento de sus manías marcaron su trayectoria, hasta el punto de ser pintoresca su forma de transitar del mérito a la comicidad en la misma función; estimado por todos, aficionados y compañeros de profesión, fue el primer torero de raza gitana en destacar.

Autodidacta, sentimental, dicharachero, supersticioso con los toros negros, la combinación de arrojo y pavor según soplara el viento de sus manías marcaron su trayectoria, hasta el punto de ser pintoresca su forma de transitar del mérito a la comicidad en la misma función; estimado por todos, aficionados y compañeros de profesión, fue el primer torero de raza gitana en destacar.

Nació hacia 1812 en Cádiz, el de la proclamación de la Constitución liberal, cuando ya declinaba el largo e infructuoso asedio de las tropas napoleónicas iniciado dos años antes. Huérfano desde muy pequeño, se aficionó a tratar reses bravas en el matadero de la ciudad, donde trabajaba en una de las tablas bajas de despacho de carnes, generoso con quien lo necesitaba. Su aprendizaje transcurrió sin que nadie pudiera aleccionarle, si acaso su hermano mayor Gaspar (también torero, torpe, corpulento, que solo destacaba con el estoque), de modo que creció sin fundamentos escolásticos ni dirección ninguna. Una carencia que arrastraría a lo largo de su carrera, “franco en demasía y poco escudado en el arte”. El militar y escritor taurino José Santa Coloma decía de él “que difícilmente podemos hallar un lidiador que con más fuerza de voluntad se lanzara a los peligros que ocasiona esta profesión, ni que más se desentendiera de sus resultados”.

Manuel Díaz Lávi. Dibujo y litografía de Vicente Urrabieta y Ortiz. “Historia del toreo y de las principales ganaderías de España” de Fernando García de Bedoya (Madrid, 1850). Biblioteca-RMR

Es más que probable que comenzara su carrera como banderillero de su hermano, y se fogueara en festejos de los que no se tienen noticias. Se sabe que en 1841 actúa en Cádiz como sobresaliente junto a Gaspar y nada menos que con Antonio Montes. Los dos años siguientes lo hace como matador en plazas andaluzas con toreros de segundo orden. Se presenta en Madrid en 1843 junto a su paisano Francisco Ezpeleta y Juan Pastor, el torero “buscarruidos”, ampliando la gira por Castilla y Aragón. En Madrid repite, algunas veces como segundo de Chiclanero; interviene en los festejos reales de 1846, y en la década de los cincuenta torea casi ininterrumpidamente en las temporadas de la corte, con buena aceptación general, aunque su tendencia al exceso de peso y sus escasos fundamentos técnicos fueron lastrando su desempeño frente a toros complicados (o negros) y en competencia con toreros más ágiles.

A pesar de lo que sostiene Sánchez de Neira, que llega a llamarlo “payaso del toreo”, también admite que hizo cosas que otros envidiarían, muchas veces por su empeño de agradar a un público que se divertía metiéndole en aprietos con exigencias para las que no estaba preparado. Resultaba chocante su afán de competir en donaire cuando actuaba con el garboso Chiclanero (fue uno de los toreros que llevaron las cintas de su féretro). Muy sensible, recibía los halagos con alegría infantil y se le saltaban las lágrimas con las críticas. Los toros negros eran para él un suplicio, parece que debido a una buenaventura que le había vaticinado que un ejemplar de esa capa acabaría con su vida. Frente a ellos era incapaz de mantener la compostura; con otros ejemplares se atrevía a cualquier lance, aunque su falta de pericia le procuró cogidas, revolcones y palizas, pero ningún percance de gravedad, hasta el punto de que Juan León lo llamaba “maestro de fortuna”.

En los testimonios consultados destaca su bonhomía y docilidad; incapaz de dirigir la lidia, solía ceder su antigüedad a toreros con menos tiempo de alternativa. También se resaltan sus ocurrencias y particular forma de hablar. En las funciones reales de 1846 en la plaza mayor de Madrid, se atrevió a subir al Palco Real para ofrecer a Isabel II una divisa que había arrancado de los lomos de un toro.

– ¡Su Real Majestá! -dijo, doblando la rodilla-. Esta es la primera moña que tiene Su Majestá el honó de recibi de mi mano.

Hablaba por los codos, con el público y con los mismos toros. A un morlaco que buscaba el bulto: “No seas ladrón, aplómate y déjate matar, que tengo cinco chorreles”. A otro que también se lo ponía difícil: “¡Ah, tunante! ¿Te cuelas para coger? Pues mira, te voy a diñar mulé antes que lo huelas y lo cuentes a tu mare”. No era fácil a veces entender lo que decía. Preguntado por el viaje de su hermano Gaspar a Filipinas, dió la siguiente explicación: “Va a Manilva bien costeao, y allega presto, poique lo trasmiten por el limbo”, en referencia al itsmo de Suez. Al encontrarse con un conocido sastre sevillano que le había hecho un traje de grana y plata, que vistió en una corrida en Pamplona, le espetó: “Maestro, me vistió usté de muleta, y en cuanto me diquelaban los toros se alegraban conmigo como si juera con uno de su familia”.

Plaza de toros de Acho. “Lima: apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres” de Manuel A. Fuentes (París, 1867).

Con Ezpeleta, otro gordito, y el atildado Gonzalo Mora actuó en Ronda en 1853, cuando la obesidad comenzaba a lastrar su figura. No le faltaron arrestos para viajar a La Habana, primero, y México después, de donde regresó diciendo que “si güervo allá estrono al rey de aquella tierra, de siguro”. Animado por la buena acogida en esos países aceptó en 1858 una contrata para torear en Perú, en la legendaria plaza de Acho de Lima. Sus exigencias son de primera figura: pago de 4.000 pesos a la firma del contrato, dos trajes para él y otros dos para su hijo Antonio, pasajes de primera clase para la cuadrilla, y una cantidad asegurada para su mujer si perecía en el viaje.

Llegó en noviembre, pidió ver el ganado que se iba a lidiar en la finca y al volver a Lima sintió mucha debilidad, quizás afectado por el mal de altura o “soroche”. Se aplazó la primera corrida, a la espera de su mejoría, que no llegó. El 9 de diciembre, después de beber un vaso de agua, se derrumbó. Los médicos dictaminaron fallecimiento por aneurisma. De su figura se puede decir, en su época, lo que afirmaba Neira: “Todos recuerdan su nombre y nadie lo desprecia”.

Bibliografía

J. Santa Coloma. Apuntes biográficos de los diestros que más se han distinguido… Imp. a cargo de J. López, Madrid, 1872.
J. M. Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III. Espasa Calpe, Madrid, 1943.
Velázquez y Sánchez. Anales del toreo. Imprenta y ed. Juan Moyano, Sevilla, 1868.
J. Sánchez de Neira. El Toreo. Gran diccionario tauromáquico. Imprenta de Miguel Guijarro, Madrid, 1879 (Turner, Madrid, 1988).
Gómez de Bedoya. Historia del toreo y de las principales ganaderías de España. Madrid, 1850. Publicado por Egartorre Libros, Madrid, 1989.
Adolfo Lozano. Anales de la Plaza de Toros de Ronda. Imp. hermanos Vega, 1954, Ronda.
N. Rivas Santiago. Toreros del romanticismo (anecdotario taurino), pról. de J. Belmonte, Aguilar, Madrid, 1947 (Madrid, Aguilar, 1987).
Vázquez, Leopoldo. Cuentos y anécdotas de toros. Imp. Colección Alegría, volumen XX. Hijos de M.G. Hernández, Madrid, 1893?