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· DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE RONDA ·

Ronda, 24 de enero de 2023

Toreros históricos en la Plaza de Toros de Ronda (X). Francisco Montes, Paquiro, el torero crucial (II)

Entonces tuvimos un espectáculo maravilloso: el de Montes capeando al toro. Querría poder explicarle, Madame, lo que es capear al toro; pero es cosa difícil de hacer comprender a quién no lo ha visto. Imagínese, Madame, un hombre sin más arma que un manto de seda, jugando con un animal furioso, haciéndolo pasar por su derecha, haciéndolo pasar por su izquierda, todo esto sin dar un solo paso, y viendo en cada pasada del toro cómo los cuernos rozan los adornos de plata de su chaleco. Es como para no entender nada, es como para creer en un encantamiento, en un amuleto, en un talismán”.

«Entonces tuvimos un espectáculo maravilloso: el de Montes capeando al toro. Querría poder explicarle, Madame, lo que es capear al toro; pero es cosa difícil de hacer comprender a quién no lo ha visto. Imagínese, Madame, un hombre sin más arma que un manto de seda, jugando con un animal furioso, haciéndolo pasar por su derecha, haciéndolo pasar por su izquierda, todo esto sin dar un solo paso, y viendo en cada pasada del toro cómo los cuernos rozan los adornos de plata de su chaleco. Es como para no entender nada, es como para creer en un encantamiento, en un amuleto, en un talismán”.

Así describía Alejandro Dumas la impresión que le causó ver a Montes en los festejos reales de 1846 en la Plaza Mayor de Madrid, con motivo de la doble boda de Isabel II con Francisco de Asís y Borbón y de la Infanta Luisa Fernanda con el duque de Montpensier. Y para que le quedara claro a su supuesta destinataria de quién se trataba, añade:

“Montes, Madame, no es necesario que se lo diga, es el rey de los toreros. Montes no se molesta a menos que lo invite un rey, un príncipe o una ciudad; Montes recibe mil francos por cada corrida; Montes es millonario (…) no se llega a una posición tan alta sin un mérito bien reconocido; si hay una celebridad contra la cual la intriga es impotente, es sin duda la de los toreros; cada uno de sus grados, el torero lo gana a punta de espada, frente al pueblo, bajo la mirada de Dios” (Impresiones de viaje: de París a Cádiz, 1847).

Francisco Montes por Teodoro Arámburu. «Anales del toreo» de José Velázquez y Sánchez (Sevilla, 1868). Biblioteca-RMR.

Se sabe por su partida bautismal que Montes nació el 3 de enero de 1805 en Chiclana de la Frontera, patria chica gaditana de dos toreros de renombre, José Cándido y su hijo Jerónimo José. Vino al mundo el mismo año en el que Godoy dictaba la prohibición de las corridas de toros, puede que temeroso del gentío que movilizaba esa afición en España; en Europa semejantes concentraciones eran prólogo de revoluciones.

Por historiadores coetáneos nos llega que el padre de Montes era empleado del conde de Montecorto, como administrador de propiedades suyas en la zona. Debido a su ocupación pudieron darle al chiquillo una primera instrucción superior a lo que era corriente, y estaba destinado a hacer una carrera de cirujano menor, para pequeñas curas. Proyecto que se vio truncado al ser despedido el padre y quebrarse su posición económica, con lo que el joven Montes se vio obligado a trabajar con un maestro albañil.

Una sombra de misterio oscurece su pasado antes de que aparezca su nombre por primera vez en una corrida en El Puerto de Santa María, como sobresaliente, en junio de 1830, y dos veces más en septiembre en Sevilla. Lo hace sin ser subalterno de nadie, y sin que se sepa que pasara por los estadios previos en la formación de un torero. Es de suponer que en los entornos ganaderos de su pueblo, así como de Medina Sidonia y Vejer, junto a cuadrillas de amigos de juventud se fogueara en los manejos camperos de reses bravas. Se cuenta que en un corralón desriñonó a un toro con un quiebro. Pero desde la fecha de su nacimiento hasta el registro de su primera actuación, ya con 25 años, nada se sabe de sus antecedentes taurinos.

El investigador Rafael Cabrera Bonet aporta una documentación que alimenta una conjetura. El nombre de Francisco Montes, sin especificar su condición de torero, se menciona en escritos recogidos en el Archivo de la Villa de Madrid, sección de Corregimiento en el apartado de Fiestas de Toros, fechados en 1828. Por ellos se desprende que ese Francisco Montes ha pasado dos años en la cárcel de La Habana por robo de una cantidad, y que al ser trasladado en bajel a Cádiz ingresa en la prisión, se le reclama en Madrid, adonde llega en un carretón, para que satisfaga sus deudas. ¿Se trata del mismo hombre? La familia del conde de Montecorto para la que estuvo trabajando su padre estaba muy vinculada a Cuba. ¿Pudo a través de este contacto recalar en la isla por alguna razón? ¿Qué fue a hacer allí? ¿Obligaciones de servicio militar, exilio? ¿Pudo pagar sus deudas contratado después como banderillero en Madrid, antes de aparecer en El Puerto? El misterio sigue, ya que Montes se cuidó mucho de hacer referencia alguna a esa etapa de su vida.

Lo que se sabe es que, recién creada la Escuela de Tauromaquia de Sevilla dirigida por Pedro Romero, se le concede plaza remunerada de alumno, quizás por mediación del ayudante de dirección Jerónimo José Cándido, paisano suyo que debía conocer sus cualidades. Pasó poco tiempo recibiendo lecciones de estos maestros, que valoraban sus condiciones aunque señalan que necesitaba mejorar en el manejo de la muleta y en el estoque, porque “ignora todavía mucho”.

Fueron sólo tres meses de instrucción, de enero a marzo de 1831, ya que en abril se presentó como espada en Madrid con los sevillanos Juan Jiménez el Morenillo, que le cedería su primer toro, y Manuel Romero Carreto. De su inmediato éxito en las siguientes corridas en la Corte no dudó en vanagloriarse Pedro Romero en una carta: “Carecía de miedo y estaba adornado de mucho vigor en las piernas y brazos. Lo que me hizo concebir sería singular en su ejercicio a pocas lecciones que le diese, y tal como se ha verificado”.

Francisco Montes por Fernando Miranda. «Historia del toreo» de Fernando García de Bedoya (Madrid, 1850). Biblioteca-RMR.

Sólo una temporada le bastó para armar su revolución, que se mantuvo durante casi dos décadas, encumbrado como el primer espada de España, aglutinando a los partidarios de unos y otros toreros divididos por su filiación política entre liberales y absolutistas en un país en guerra civil. Alternó con las figuras que le precedieron, como Juan León, el Morenillo o Juan Pastor, y con la generación de estupendos toreros que vino a continuación, como Juan Yust, José Redondo o Cúchares, siempre por encima de todos. Recorrió las plazas de España de norte a sur y de levante a poniente (en Ronda se tienen consignadas actuaciones en 1837 y 1845, que pueden ser más). A su estela cuajó la afición a los toros como verdadera fiesta nacional, se ampliaron las secciones taurinas en los periódicos y se impulsó la construcción de nuevas plazas. Su nombre traspasó las fronteras. En un momento dado llegó a rumorearse que Isabel II pretendía concederle un título de conde (de Chiclana).

Amable y atento con todos, de la firmeza de su carácter no había duda. El rigor que imponía a su cuadrilla no dejaba hueco al desorden o la confusión, pero se veía recompensada por los numerosos contratos y los altos emolumentos de los que se beneficiaban sus subalternos, entre los que se cuentan el tuerto José Antonio Calderón Capita, veterano y excepcional banderillero que lo acompañaría durante casi toda su carrera, o toreros como su íntimo amigo Juan Martin la Santera y su protegido José Redondo el Chiclanero, un diamante que pulió hasta que al independizarse se convirtió en su principal y más encarnizado rival.

Por donde pasaba dejaba un reguero de pasmo y admiración. En su actividad incesante en cada pasaje de la lidia hizo de todo: saltos de garrocha o al trascuerno, picó toros y mancorneó, muleteó de rodillas por primera vez, y los vuelos de su capote movidos por una mágica muñeca fascinaron sin cesar en quites, jugueteos, galleos, abanicos, verónicas, navarras y lances del Bú; fue versátil con la muleta y superó con creces sus dificultades primitivas con el estoque. Su autoridad incontestable emanaba de un aplomo apoyado en unas excepcionales condiciones físicas, amén de una maestría y conocimiento superior que volcó en el dictado de su Tauromaquia completa publicada en 1836, sólo cinco años después de debutar como primer espada.

Cuando Alejandro Dumas lo ve en 1846 seguía intacto su talento aunque habían comenzado su decadencia física y sus problemas con el aguardiente. Pero de su etapa final nos ocuparemos en la siguiente entrada.

Bibliografía

R. Cabrera Bonet. Francisco Montes “Paquiro”, la revolución necesaria. Datos biográficos. Universidad San Pablo CEU, Madrid, 2004.

R. Cabrera Bonet. Novedades en torno al principio y fin de Francisco Montes Paquiro. 10 años del Museo Municipal Fco. Montes Paquiro. Chiclana 2003-2013; Museo Municipal Francisco Montes Paquiro, Chiclana (Cádiz), 2013.

Montes, Francisco (Paquiro) (1994) [1836]: Tauromaquia Completa o sea el Arte de Torear en Plaza, ed. y pról. de Alberto González Troyano, Madrid, Turner.

J. M. Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III. Espasa Calpe, Madrid, 1943.

Velázquez y Sánchez. Anales del toreo. Imprenta y ed. Juan Moyano, Sevilla, 1868.

J. Sánchez de Neira. El Toreo. Gran diccionario tauromáquico. Imprenta de Miguel Guijarro, Madrid, 1879 (Turner, Madrid, 1988).

Gómez de Bedoya. Historia del toreo y de las principales ganaderías de España. Madrid, 1850. Publicado por Egartorre Libros, Madrid, 1989.

Antonio García-Baquero. Razón de la tauromaquia. Obra taurina completa. (Pedro Romero de Solís, coord). Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, Universidad de Sevilla, 2008.

 

Nestor Luján. Historia del toreo. Ediciones Destino, Barcelona, 1954.

N. Rivas Santiago. Toreros del romanticismo (anecdotario taurino), pról. de J. Belmonte, Madrid, Aguilar, 1947 (Madrid, Aguilar, 1987).