Fue el primer torero castellano, junto al madrileño Cayetano Sanz, en ser respetado por la afición andaluza en unos tiempos dominados por los poderosos maestros del sur. Era natural de Béjar, que tiene la plaza de toros más antigua de España, La Ancianita, inaugurada en 1711, muy reformada y ampliada en el siglo XIX. Julián vino a este mundo en 1818 en una familia acomodada, criado en un ambiente que nada hacía presagiar su futura profesión. Su padre era oficial de Infantería y su madre hija de fabricantes. Al jubilarse el padre se afincaron en Salamanca, donde el chico comenzó a estudiar la carrera de cirujano latino, una normalidad académica de la época en la que no estaban tan separadas las ciencias de las humanidades, por la que se autorizaba a curar afecciones externas o prescribir medicamentos, aún sin ser licenciados en medicina, a aquellos que hubieran cursado tres años de esa materia y supieran latín.
La muerte temprana de su progenitor vino a coincidir con ciertas amistades que gustaban de frecuentar tentaderos y corrales. En un campo sintió por primera vez la emoción de estar delante de un astado, y ya no se pudo resistir a repetirlo en cada ocasión que tuvo oportunidad. “Una pasión dominante y exclusiva”, en palabras de Velázquez y Sánchez, por la que abandonó las aulas para desesperación de la madre, que movió cielo y tierra para conseguir que lo recluyeran en un centro de corrección. Salió el muchacho de allí prometiendo volver a los estudios, y se matriculó en el primer curso de medicina.
La epidemia de cólera de 1835 fue particularmente dañina en Castilla, y se llevó a su madre. No tardó Julián en volver al carril que estaba dispuesto a seguir, libre ya de exigencias familiares. Ese mismo verano se unió a un torero de poco relieve, apodado el Fraile, para actuar en corridas de toretes en cosos menores por plazas de provincias próximas. Desde el principio demostró gozar de unas condiciones físicas privilegiadas, de una agilidad atlética, una cualidad que sería la impronta de su carrera. También lo sería que, al no gozar de consejo experto en su etapa de formación, careció de sólidos fundamentos para la lidia, adquiriendo vicios que posteriormente le fue difícil corregir. Velázquez y Sánchez, en relación a esto, recordaba una frase del bravo Juan León. “Más vale hacer algo bueno que hacerlo todo de cualquier manera”. Pero su buena disposición e inteligencia compensarían en el futuro esas carencias.
El caso es que consigue entrar de banderillero en la cuadrilla de José de los Santos, sevillano que fue alumno de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla que dirigiera Pedro Romero, torero mediano, pero de buena factura, y con él actúa en la plaza de Salamanca en 1840, llamando la atención de Antonio Palacios, que había sido empresario de la plaza de Madrid. Procuró este hombre llevarlo a la capital, pero tardó en conseguirlo. Ya había ocupado antes una plaza de vacante en la cuadrilla de Juan Pastor el Barbero, aquel jaque juerguista. De su primera intervención en la plaza de la corte hay discrepancias entre los tratadistas, porque antes de 1843, fecha que se daba por cierta, se consigna al menos una actuación como peón en 1839 junto a Pastor.

F. Aramburu, litografía, 1868.Anales del toreo, Velázquez y Sánchez. Colección Real Maestranza de Caballería de Ronda.
Consigue ser conocido y habitual en la capital a partir de 1845: en una corrida celebrada en mayo de ese año el cronista de El Heraldo reseña el comportamiento de uno de los bureles: “Salió el sexto toro, feo, pequeño y despreciable, con más cuernos que cuerpo. Tomó cuatro varas de cada picador para dejarlos a todos contentos. Notamos en él mucha aversión a un banderillero titulado el Salamanquino, pues apenas le veía en cualquier parte de la plaza le embestía con furor. En ese odio encarnizado y personalísimo que tenía el toro a aquel chulo debe haber algún secreto horrible de familia que no nos atrevemos a penetrar”.
Después figuró junto a Juan León y Cúchares, que lo emplearon ocasionalmente de media espada cuando ya comenzaba a ser el niño mimado de la afición madrileña junto a Cayetano Sanz. Con estas compañías aprendió no pocas lecciones. Alejandro Dumas lo menciona participando en una de las corridas que presencia en la plaza de la Puerta de Alcalá en 1846, durante los festejos por la doble boda de Isabel II con Francisco de Asís y de María Luisa Fernanda con el duque de Montpensier en su libro De París a Cádiz: “El número de toreros no es fijo; en esta ocasión había tres: Cúchares, Lucas Blanco y el Salamanquino. De estos tres sólo Cúchares goza de cierta fama”. Casas era el torero más joven de los que intervinieron en aquellas funciones. Poco después, sería el gitano Manuel Díaz Labi el que lo apadrinara en 1847 para iniciar su carrera de matador, fecha que tampoco está del todo clara que fuera cierta.
Cuando comienza a bajar a Andalucía a partir de 1850 ya ha intervenido en numerosas corridas junto a Cúchares por toda España, y su carácter se ha ganado la consideración de sus compañeros. Incansable en el ruedo, inteligente y atento a todas las escenas, sin ánimo de competencia con otros diestros, su comentada agilidad (era capaz de saltar la barrera sin apoyarse), sus deseos de mejorar sus deficiencias técnicas y su trato “jovial y caballeresco” despiertan las simpatías allí por donde pasa.
Es en el triángulo que forman Cádiz, Jerez y El Puerto de Santa María donde sería muy bien recibido y considerado. En 1851 torea en Cádiz con gran éxito y con tantas alabanzas que en el madrileño El Enano, periódico picante, burlón y pendenciero, como se definía en la cabecera, las tachan de exageraciones. En Sevilla un año más tarde gustó a la afición, tan rácana y quisquillosa con los diestros foráneos, y aunque le señalaron los defectos que había heredado por su mala formación de origen, supieron reconocer su valiente despliegue y entrega. Su vinculación con la provincia gaditana aumentó al casarse ese año “con una joven de 18 abriles, tipo de belleza andaluza, hija de honrados padres”, según anunciaba El Constitucional. En esa geografía cosecha éxitos alternando con Labi, Ezpeleta, José Carmona Panadero, Cúchares, Desperdicios y el burgalés Domingo Mendívil, también en plazas malagueñas y granadinas. Ciertos elogios publicados hacia 1853, “Cid tauromáquico, encanto de las bellas hijas del Guadalete, non plus ultra de los matadores, torero de este siglo sin disputa” hacen pensar, por desmedidos, que pudieran haber sido contratados. Se tiene constancia de que siempre procuró llevarse bien con la prensa taurina.
Sus defectos con la espada le provocaron algunos disgustos y percances por su irregularidad y falta de pericia. Lo hacía de tal manera que se descomponía su apuesta figura, como quedó de manifiesto en una corrida en Madrid en junio de 1851, según el cronista de El Enano, que relató ocho intentos fallidos: “Y no las calificamos ni de pinchazos ni de volapiés bajos ni altos, porque ni volapiés, altos ni bajos, ni pinchazos fueron, que estuvo altamente desgraciado en este toro Julián”. En su segundo toro acertó a la primera.
Heterodoxo por formarse sin reglas, trató en los inicios de improvisar, a su aire, pero con el tiempo su inteligente afición, pundonor y sus indudables progresos en banderillas y con el capote, sus deseos de aprender y estudiar, sin meterse en alardes de los que fue consciente que no podía ejecutar como le ocurría al principio, y su buena dirección de cuadrilla le sirvieron para ganarse el respeto de las distintas aficiones. No escatimó oportunidades que se le presentasen en numerosas plazas a lo largo de su extensa carrera, tanto en distintas provincias andaluzas como en el resto de España, fuera cual fuera el cartel. Portento físico, toreó mucho, lo que le permitió ganar buenos dineros.
Su afición se extendió a la cría de ganado bravo. Coincidiendo con sus años de triunfo en tierra gaditana, compró unas vacas procedentes de la ganadería de D. Álvaro Muñoz, de Ciudad Real, con el afán de tener una propia en el futuro. Una oportunidad inesperada le salió al paso para acelerar ese empeño en 1852, año en que el acuarelista inglés Lake Price lo incluye en la litografía que acompaña este texto. Se dio la circunstancia de que a dos toros del hierro del Marqués de Casa-Gavira les pusieron banderillas de fuego en una corrida en Madrid, un deshonor que no fue compartido por muchos aficionados. Esa ganadería procedía de D. José Gijón, conocida por la de la Casa Real, ya que una parte había pertenecido al patrimonio real. Eran toros bravos y nobles, muy del gusto del público, pero el propietario, muy contrariado y en desacuerdo, tomó una drástica decisión: degollar todas sus reses. En el caso de vender algunas, exigía que fueran sacrificadas en breve tiempo y se le enseñara como prueba la piel con el hierro.
Casas consiguió del marqués la cesión de tres toros, que destinó a sementales de su vacada. Una vez cumplida su función procreadora, los tres acabaron en una corrida en Madrid. Sus descendientes se lidiaron más tarde en diferentes plazas con bastantes elogios por sus buenas condiciones. Sus afanes se extendieron a organizar corridas en diferentes plazas, actuando como torero y empresario, como cuando dirigió las corridas de San Fermín de 1858 o en Tortosa, con ganado propio. Interrumpió su labor de ganadero cuando marchó a Perú en 1868, donde pasó un año entero, llevando de segundos al atildado Gonzalo Mora y al sanluqueño Manuel Hermosilla, que llevaba una temporada haciendo las Américas como subalterno. Gustó tanto en la plaza de toros de Acho de Lima que la afición no quería que se marchase. A su regreso a España no alargó mucho más su presencia en los ruedos. Se reseña una corrida en Huelva como una de sus últimas actuaciones, triunfal, a decir de Velázquez y Sánchez, retirándose poco después a su finca en Béjar para dedicarse a la cría de ganado bravo y ocuparse de sus propiedades con buena administración.
Reapareció para una última actuación el 25 de enero de 1878, en el primero de los festejos reales organizados por la boda de Alfonso XII con doña Mercedes de Orleans. Tenía sesenta años, ya no estaba en forma y su actuación no fue lucida frente al toro que le correspondió, Tendero, berrendo en negro, capirote, botinero, apretado de cuerna, ligero y con muchos pies. Después de administrarle unos pases muy gallardos, su sempiterna deficiencia con la espada volvió a manifestarse pinchando seis veces y con dos caídas frente al morlaco. Comprobada la debilidad física del matador, y ante la petición del público, el rey ordenó mandar el toro a los corrales. Afligido y cabizbajo, Casas se retiró acompañado de una larga ovación como homenaje a su pundonor y su trayectoria.
Volvió a su finca para disfrutar de una vida tranquila y acomodada, hasta su fallecimiento en 1882. Su existencia abarcó gran parte del convulso siglo XIX español, las tres guerras carlistas y los sucesivos cambios de gobiernos que provocaron los vaivenes políticos en una danza de alzamientos, pronunciamientos y revoluciones. No fue un torero de primera magnitud en un período de grandes figuras, coincidiendo con la última etapa de Montes, con el Chiclanero, Juan León, Manuel Domínguez Desperdicios o Cúchares, palabras mayores, con los que se codeó con enorme dignidad torera. En su haber, se considera que gracias a él los públicos andaluces comenzaron a mirar con mejores ojos a los diestros de más allá de Despeñaperros, rompiendo con los prejuicios anteriores.
Bibliografia
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