Los sucesos de julio de 1854 convirtieron al torero José Muñoz Pucheta en un referente popular por su liderazgo de turbas ciudadanas en su barrio del distrito de La Latina. Pronto le fueron recompensados sus méritos, ya que la empresa de Madrid decidió favorecer a los toreros que habían estado en las barricadas. Tomó la alternativa en agosto, concedida por Juan Jiménez el Morenillo en corrida a beneficio de las víctimas de los sucesos del mes anterior. El diario El Clamor público se hizo eco del patriótico acontecimiento: “A pesar del sofocante calor que hizo, no hubo una sola localidad vacía. El golpe de vista que presentaba el circo era verdaderamente magnífico, porque a más de las infinitas banderolas y gallardetes que le adornaban, se había colocado en los antepechos y parte superior de los palcos tarjetones donde estaban escritos los ilustres nombres de los mártires de la libertad española”. Fue una manifestación de solidaridad colectiva, los ganaderos regalaron los ocho toros, los toreros actuaron gratis, el arma de caballería entregó 22 caballos, distinguidas señoras elaboraron las floridas moñas y hasta Isabel II contribuyó con 12.000 reales.

Retrato de José Muñoz Pucheta. Colección Ortiz Cañavate. Fuente: J. M. Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III.
A mayor reconocimiento, en abril de 1855 Pucheta fue nombrado comandante del Resguardo de la Sal de la provincia de Madrid por Real Orden del flamante ministro de Hacienda Pascual Madoz. Sus actuaciones en la plaza de la corte ese año no son dignas de mención, según los cronistas y testigos, con su escasa torería y su basta forma de usar el estoque. En la reseña de una corrida el crítico de El Enano le recomendaba, a pesar de admitir que no era cobarde, que era preciso que adquiriera más muleta, y que tuviera más aplomo delante del toro, no precipitándose sobre él de cualquier modo, sino según prescriben las reglas del toreo.
Las simpatías del público por su figura se fueron resintiendo frente a las verdades de los toros. En la tarde del 21 de mayo un espectador, harto de estar harto de los siete pinchazos a su primer toro, le soltó: “¡Pucheta, torear no es andar con trabuco y asesinar a Chico!”. Enfurecido, el torero trató de agredirle con un palo, pero la gente apoyó al aficionado y se tuvo que retirar. El Enano, en su crónica, le recomendó “que no se dirija al público bajo ningún concepto, y mucho menos del modo que lo hizo ayer”. Por su parte, El Clamor también relató el suceso: “Con disgusto vimos a Pucheta dirigirse por entre barreras a un espectador de los tendidos y a poco descargar un palo no sabemos sobre quién. Semejante accidente, digno de reprobación general, obligó al lidiador a permanecer sentado hasta la hora de matar al último toro, casi de noche”. Pucheta fue detenido al terminar la función.
Siguió teniendo oportunidades en otras corridas, pero con el golpe de mano de O’Donnell de julio 1856, que daba un giro de timón hacia posiciones moderadas y ordenaba la disolución de las milicias ciudadanas, ante el peligro que suponía para la estabilidad la existencia de grupos armados ajenos al ejército, volvió a tirarse a las calles con sus seguidores. Durante tres días de julio se reprodujeron las barricadas y los enfrentamientos entre los que se negaban a entregar las armas y las fuerzas gubernamentales de infantería, caballería y artillería. Pucheta y los600 hombres que comandaba resistieron los primeros ataques en la Plaza Mayor y luego se replegaron paulatinamente para hacerse fuertes en la plaza de la Cebada, llevándose algunas piezas de artillería. Los periódicos lo describen con chaqueta y pantalón de lienzo crudo, cubierta la cabeza con un sombrero hongo blanco, armado de un gran sable junto a un corneta y un tambor que tocaban generala rabiosa para enardecer a “algunos recalcitrantes que unidos a la escoria de paisanos que siempre arroja la sociedad en los momentos de turbación y desorden, prolongaron la resistencia”. Otros describen a sus seguidores como “gente de trabuco y puñal” que amenazaban con degollar a los que se rindiesen.

Retrato D. Leopoldo O’Donnell y Joris. Blason de España : libro de oro de su nobleza : reseña genealógica y descriptiva de la casa real, la grandeza de España y los títulos de Castilla : parte primera, Casa Real y Grandeza de España. Tomo VI / por Augusto de Burgos. — Madrid : [s.n.], 1860 (Imprenta de Pedro Montero)
El día 16 resultó muerto otro hombre del toro, el picador Juan Álvarez Bueno Chola, nacido en Manzanares en 1819. Rindió servicio en el ejército como jinete, cambiando después la lanza por la pica. Cossío refiere que figuró en carteles de Madrid desde 1846, y formó parte de la cuadrilla de José Redondo el Chiclanero, entre otros. Tenía fama de valeroso, pero sin otras cualidades destacables. Se publicaron versiones diferentes sobre su fatal desenlace. Según parece no estaba combatiendo, sino que se asomó a la calle Peligros para observar la situación cuando le alcanzó un disparo en la cabeza. En otras referencias se habla de un botellazo.
Cuando caía la noche del día 17, ante la fuerte ofensiva de las tropas, Pucheta y un pequeño grupo intentaron darse a la fuga. Según cuenta La España salieron por la puerta de Toledo, pero avistados por dos oficiales del regimiento de caballería de Talavera les dieron alcance en los Prados de Villaverde del canal de Manzanares. Uno de ellos, el teniente Vázquez, “leal defensor de la Reina y el orden”, acabó con el célebre rebelde de dos cuchilladas de su sable. El gobierno lo recompensó ascendiéndole a capitán y con la cruz de San Fernando.
De esta forma se puso fin, a punta de espada, a quien había hecho de la puntilla y el estoque su modo de vida.
Bibliografía
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