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Ronda, 24th February 2024 20:24
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Toreros históricos en la Plaza de Toros de Ronda (XXVIII). Antonio Luque «el Camará», el torero docente

Antonio Luque, conocido como el Camará, era sobrino de Francisco González Panchón, que fuera discípulo de Pedro y José Romero. Había nacido en 1814 en el muy taurino arrabal de la Malmuerta, colindante con el matadero y el campo de la Merced, donde al año siguiente de su nacimiento se levantó una plaza de madera que habían destruido los franceses.

Según ciertos datos, en 1850 se presentó en Ronda una cuadrilla de jóvenes toreros cordobeses, la mayoría adolescentes y un niño. En ese grupo figuraba alguno que llegaría a torear en todas las plazas de España, como Manuel Fuentes Bocanegra, y otro que se convertiría en figura cumbre de la fiesta como Rafael Molina Lagartijo, que a la sazón tenía nueve años. Estas formaciones juveniles tuvieron mucho predicamento en el siglo XIX e incluso al comienzo del XX, como la de los “niños sevillanos” con Gallito, Limeño y Cara-Ancha entre otros. Salvando un antecedente madrileño, la primera iniciativa de estas características es la que montó en Córdoba un torero menor cuando iniciaba la cuesta abajo de su carrera, de agrio carácter, que sería replicada en varias ciudades a partir de entonces, antecedente de posteriores escuelas de tauromaquia.

Antonio Luque y González, el Camará

Antonio Luque, conocido como el Camará, era sobrino de Francisco González Panchón, que fuera discípulo de Pedro y José Romero. Había nacido en 1814 en el muy taurino arrabal de la Malmuerta (torre albarrana de principios del siglo XV envuelta en la leyenda medieval de un crimen pasional), colindante con el matadero y el campo de la Merced, donde al año siguiente de su nacimiento se levantó una plaza de madera que habían destruido los franceses. De una unión anterior, su madre lo era también de Rafael Rodríguez Meloja, que se convertiría en afamado banderillero de Antonio Ruiz el Sombrerero. No es de extrañar que con este parentesco y ambiente despertara su afición temprana desde que fuera un zagal empleado en el cuidado de vacas de leche. En el matadero se asomó a las lecciones que daban toreros locales de renombre, como su tío o Rafael Sánchez Poleo. Ansioso por convertirse más pronto que tarde en jefe de cuadrilla, comenzó sin mucho adiestramiento a participar en las capeas y festejos pueblerinos de su provincia. Le ayudó en su ascenso su pariente Panchón, que ya veterano se había visto obligado a volver a los ruedos y lo incluía como peón en las pocas contratas que conseguía.

Velázquez y Sánchez cuenta que en unas funciones reales celebradas en 1835 en la plaza de la Corredera de Córdoba su pariente y protector le concedió la alternativa. Sin embargo, José Pérez de Guzmán, autor de biografías de toreros cordobeses, sostiene que fue en Baena en 1836, en una corrida en la que Panchón se hirió en una mano en el primer toro, teniendo el novel diestro que hacerse cargo de los otros cinco. En esos tiempos, en los que abundaban toreros de tanta enjundia y poderío, le costó hacerse un hueco, teniendo que ceder su antigüedad a jóvenes mejor dotados ya que no era un prodigio, aunque se desempeñaba bien como peón. Por recomendación de su tío pudo entrar de banderillero en la cuadrilla de Montes, el gran mito de la época, con el que recorrió plazas andaluzas. Como tercer espada se le pudo ver en el Puerto de Santa María con Juan Pastor y José Redondo en 1844. Toreaba con cierta frecuencia en provincias, agradando por su bravura, y por sus parentescos familiares muchos toreros le echaban una mano, compartiendo carteles con el Salamanquino, Juan León, Lavi, Domínguez o Gonzalo Mora. En 1846 participa en la inauguración de la antigua plaza de toros de los Tejares de su ciudad, llevando de peón al legendario Pepete y alternando con Juan Pastor el Barbero y con Cúchares, quien le confirmaría la alternativa en Madrid en 1848.

Los dos años siguientes son los mejores de su carrera, pero a partir de ahí, debido a algunas cogidas que interrumpieron su trayectoria, a sus pobres recursos con la muleta y la espada con la que solía “perder el tino de una manera deplorable”, se inició su decadencia, participando en festejos menores cada vez más desconfiado y sin el empuje de antaño. Mal avenido con compañeros por razones de un carácter díscolo y difícil en el trato, se reconoce su labor en la educación taurina de jóvenes que luego darían que hablar y como eslabón entre dos generaciones de toreros cordobeses.

Por causa de meterse en empresas ruinosas, murió pobre el 11 de octubre de 1859 a los 45 años. Al frente de su numerosa familia quedó su hijo, Antonio, prematuramente encumbrado por sus buenos inicios, rebautizado como Cúchares de Córdoba.

Bibliografía

José P. de Guzmán. Toreros cordobeses. Imp. Diario de Córdoba, 1870, Córdoba.
J.M. Cossío. Los toros. Tratado técnico e histórico, vol. III. Espasa Calpe, Madrid, 1943.
Velázquez y Sánchez. Anales del toreo. Imprenta y ed. Juan Moyano, Sevilla, 1868.
J. Sánchez de Neira. El Toreo. Gran diccionario tauromáquico. Imprenta de Miguel Guijarro, Madrid, 1879 (Turner, Madrid, 1988).

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