· MONOGRÁFICO ·
· BIBLIOTECA DE LA REAL MAESTRANZA DE CABALLERÍA DE RONDA ·
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Estudios recientes, como el de Eva Mª Ramos Frendo (profesora titular del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Málaga) titulado «Mujeres gestoras de arte en el cruce de dos siglos. Trinidad Scholtz-Hermensdorff, duquesa de Parcent (1857-1937)», han destacado la figura de una mujer que fue rompiendo barreras para introducirse en unos espacios hasta entonces vetados para el género femenino.
La duquesa de Parcent, aún cumpliendo con el modelo impuesto de su época, protagonizó iniciativas que la introdujeron en el espacio público, reservado para los hombres. Las actividades vinculadas al mundo del arte y la cultura le permitieron sobresalir en el mundo aristocrático en que se desenvolvió.
Coleccionista, mecenas, protectora y defensora del patrimonio artístico, reactivadora de industrias artísticas, comisaria de exposiciones y promotora de museos, impulsora de instituciones culturales (como la Sociedad Española de Amigos del Arte y su revista «Arte Español»), fueron facetas que la situaron al mismo nivel de otras mujeres coetáneas de gran trascendencia en el ámbito europeo y americano.
Su figura fue reconocida y admirada por intelectuales, políticos, aristócratas y artistas de su tiempo, si bien no estuvo libre de algunas injusticias que dificultaron que sus logros y acciones tuvieran la visibilidad que merecían.
Como es bien conocido, Trinidad Scholtz-Hermensdorff tuvo una importante vinculación con Ronda (motivada por su abuela paterna), en la que dejó una imborrable impronta. Hacia 1911 adquirió la Casa del Rey Moro, a la que desde el primer momento le realizó reformas, para convertir la vivienda original del siglo XVIII, al borde del mismo Tajo, en una residencia agradable y muy artística de estilo neomudéjar.
Trinidad y su hija pasaron numerosas temporadas en la casa, sobre todo en primavera y otoño, acompañadas de muchos invitados, entre los que se encontraban destacados miembros de las casas reales y aristocracias europeas. Todos los visitantes pudieron disfrutar con la visita y admiración de sus artísticos contenidos, además de sus edificaciones y jardines, estos últimos creados por el afamado diseñador francés J.C.N. Forestier.
Fueron habituales los artículos periodísticos que aparecieron publicados en la prensa nacional de la época, que se hacían eco tanto de los ilustres visitantes a la casa y a la localidad serrana, como de las diferentes actividades impulsadas por la duquesa. Algunos de estos reportajes forman parte de la sección de hemeroteca de la Biblioteca de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, a la que ya se ha dedicado alguna entrada anterior.

«La Esfera: ilustración mundial», año IX, número 437, 20 de mayo de 1922, página 16.
Hoy reproducimos un curioso artículo de la revista «La Esfera: ilustración mundial», publicado en el número 437, de fecha 20 de mayo de 1922, firmado por Guillermo Rittwagen, que llevó por título «Tradiciones españolas. La Casa del Rey Moro de Ronda. El baño de la sultana».
El periodista dedica su trabajo a contar una antigua leyenda asociada al espacio subterráneo de época musulmana ubicado bajo la casa, propiedad de «una dama ilustre: la Excelentísima duquesa de Parcent, que ha acometido una magna labor restauradora, convirtiendo la Casa del Rey Moro en un verdadero palacio … que constituye … una poderosa atracción más de la encantadora Ronda …».
El texto del artículo dice lo siguiente:
«La princesa estaba triste… Cuando las princesas están tristes es señal indeleble de que quieren satisfacer un capricho. Y cuando las princesas tienen un capricho, hay que echarse á temblar, porque á lo mejor se les antojan cabezas de santos.
Más modesta en sus pretensiones, la princesa Galiana, la favorita del efímero reyezuelo de Ronda, Abu-Malik, quería un baño.
El higiénico capricho ha sido fácil siempre de satisfacer habiendo agua en abundancia como primer elemento. Pero existía la dificultad de que la bella sultana lo quería en Ronda, en el magnífico palacio que se alza sobre los abismos del Tajo famoso, por cuyo fondo desliza sus aguas limpias y transparentes el Guadalevín.
Cierta noche, en la que la luna no podía faltar para embellecer la leyenda, Abu-Malik sorprendió á su princesa, triste y pensativa, en el retiro amoroso adosado á su Alcázar, que, cual jardín babilónico, colgaba sobre la cortadura zanjante del Tajo.
Lámparas de ágata, dice un autor, sostenidas por cadenas doradas, pendientes de un techo labrado con maderas preciosas y adornado con ébano, nácar, granate y sándalo, repartían por todo el edificio una luz lánguida y opaca. La que se precisa para que las escenas pasionales sean siempre más interesantes.
Los muros afiligranados aparecían llenos de inscripciones amorosas, y en ellos colgaban tapices de damascos, espejos de plata bruñida y jaulas de oro con dorados canarios. En el pavimento, alcatifas de la India, coloreadas con sedas y oro; y sobre ellas, de trecho en trecho, pebeteros de pórfido, de jaspes, de plata, inundaban el ambiente de perfumes de Oriente y de Siria y de la Arabia, á porfía con la rica fragancia despedida por el aura de los colgantes jardines.
En medio de esta suntuosa decoración de lujo y placer, la caprichosa sultana está triste, muy triste…
Así la sorprendió el sultán con un delicioso mohín de disgusto en los labios cuando la bella Galiana advirtió su presencia.

«Lo que queda del baño de la sultana. Un remanso del Guadalevín ante la puerta por donde bajaba desde el palacio la linda soberana rondeña»
Enamorado, locamente enamorado de la sultana, Abu-Malik indaga el motivo del malhumor.
¿Qué quiere la caprichosa favorita? A todo, á todo está dispuesto su sultán con tal de verla contenta: hasta á hundir á Ronda entera en el abismo si con ello le evitaba un pesar, la ahorraba una sola lágrima.
Pero la favorita calma la exaltación de su dueño y señor.
—¡Oh! No lo permita Al-Lah —repone vivamente la sultana—. Es mucho menos lo que apetece tu pobre esclava. Es…, es… un baño para mí sola. Un baño en el Tajo; ahí mismo; al pie de mis ventanas.
Si el capricho de la sultana no hubiera sido tan preciso, fácil le hubiera sido al sultán complacerla al momento sin más que encargar una colección de baños de mármol de todos los colores.
Pero ella quería no que le subiesen el baño, sino bajar ella al fondo sublime del Tajo rondeño por aquellas paredes de granito y dejar acariciar su cuerpo de diosa por el cristal del Guadalevín.
Como aún no se habían inventado los ascensores, el capricho raro de la sultana rondeña era un conflicto.
Pero como el sultán prometióle satisfacer su deseo, á la mañana siguiente comenzaron los trabajos ímprobos de aquella maravillosa labor, que aún se conserva. Sobre la piedra viva del Tajo serpentea en agudo zigzag una escalera labrada de 365 peldaños, que ponía en comunicación el palacete de la favorita con el fondo del abismo, por donde corrían las aguas que quería la sultana refrescasen su ardiente cuerpo.
Por el estado actual no se puede juzgar de lo que fué este descenso abierto en las paredes del Tajo por el capricho de una sultana. Pero en los primeros tiempos la solicitud del Monarca enamorado debió proveer á la comodidad del descenso y el ascenso de su caprichosa favorita. En efecto: dos grandes salas que debieron ser de descanso interrumpen la escalinata, para que en ellas reposase la sultana rondeña las fatigas del ascenso, si no es que en litera la conducían robustos esclavos al borde de la profunda sima.
Una de las salas se llama de los Secretos, porque, análogamente á otras estancias de parabólica techumbre, permite hablarse en silencio desde los foros. De trecho en trecho, tragaluces abiertos en la roca marcan las ondulaciones de la escalera. Abajo, ya en el cauce del río, una melancólica puertecilla marca el final del descenso.

«La Esfera: ilustración mundial», año IX, número 437, 20 de mayo de 1922, página 17.
El tiempo ha marcado su huella destructora en esta maravillosa obra, nacida del capricho higiénico de la favorita Galiana. Los peldaños están gastados; las paredes, húmedas, destilan agua como en las grutas las estalactitas. Pero, aunque destrozados los palacios de Abu-Malik y de Galiana, aún conservan estos lugares el perfume sugestionador de la leyenda.
Al principio los salones abiertos en la roca estarían lujosamente amueblados, para que sirviesen de grato descanso á la soberana de Ronda. De las techumbres pendían lámparas de bronce, y los peldaños estaban reforzados con planchas metálicas. Y en el fondo, allí donde no existe hoy día más que un tranquilo y muerto estanque, estaba el baño suntuoso. Un pabellón cubierto, ornado con lujo oriental, donde la hermosa caprichosa, desnuda, se sumergía en las frescas ondas del Guadalevín, que mansamente la acariciaban con sus encajes de espumas.
Una avenida impetuosa dió al traste con el departamento, que la solicitud del sultán rondeño elevó en el fondo del Tajo, y hoy no queda más que el recuerdo perpetuado en un estancamiento de las aguas del río.
Sobrevinieron los duros tiempos para los musulmanes de España. La efímera Corte rondeña se extinguió, y de aquellos encantados palacios y jardines colgantes sobre el Tajo no quedó piedra sobre piedra. Sólo la leyenda subsistía.
La escalinata de piedra, que sólo pisara la veleidosa favorita de Abu-Malik, debió servir para que los esclavos cristianos subiesen agua desde el fondo del Tajo hasta la ciudad, justificando la antigua maldición: ‘En Ronda mueras acarreando zaques.’
Algún cautivo labró con sus uñas las cruces que aún se ven en un paredón á mediación de la escalera, y que se conoce por `la cruz del buen cristiano.’
Ello demuestra que lo que se inició por un capricho higiénico de la sultana, acabó por ser una arteria para el abastecimiento de aguas de la población, á cuya empresa dedicaron los mahometanos á los infelices cautivos cristianos que aprisionaban en sus correrías.
Y el desgaste de los escalones evidencia que no debieron ser sólo lindos pies de mujer los que hollaron la piedra.

«La Casa del Rey Moro sobre el abismo del Tajo, en Ronda»
Palacio y baño vinieron abajo, y aunque en Ronda perduraba el recuerdo de la leyenda del ‘baño de la sultana y la Casa del Rey Moro’, nada quedaba en pie de aquellas encantadoras mansiones.
Sólo la escalinata de piedra había logrado desafiar con su dureza la acción de los siglos.
Pero andando el tiempo había de surgir un excéntrico americano, Mr. Perin, que, enamorado de la leyenda de los Monarcas rondeños, compró la Casa del Rey Moro, intentando resucitar aquellos tiempos de leyenda, pues hasta proveyóse de una favorita, que si no era Galiana precisamente, podía hacer muy bien su papel.
Las excentricidades famosas que cometiera, que denotaban un temperamento poco equilibrado, motivaron que la familia lo reclamara y lo recluyera en una Casa de Salud.
La casa fué vendida al conde de Montelirio, de quien la adquirió una dama ilustre: la Excelentísima duquesa de Parcent, que ha acometido una magna labor restauradora, convirtiendo la Casa del Rey Moro en un verdadero palacio de estilo español antiguo, y que constituye, con la subterránea escalinata que conduce al fondo del Tajo, una poderosa atracción más de la encantadora Ronda, porque todo ello está perfumado por el aroma de una leyenda de Amor.
Ronda posee otras interesantes curiosidades naturales é históricas que, al evocar tiempos pretéritos, constituyen para el viajero artista un motivo de hondas sensaciones estéticas. Entre las más famosas citaremos el famoso Tajo, reproducido en las adjuntas fotografías. Salvan la gigantesca cortadura tres puentes de atrevida traza: el de las Curtidurías, al que se atribuye origen romano; el Viejo, de segura construcción morisca, y el magnífico puente nuevo, principal maravilla de Ronda. Fué autor de sus planos el arquitecto malagueño D. José Martín de la Aldehuela, realizándose la obra desde el año 1784 á 1788. Esta última fecha se señala por una circunstancia trágica. Poco antes de ser colocada la postrera piedra del puente, el arquitecto cayó desde uno de los andamios al fondo del abismo, sellando así con su sangre la estupenda obra de ingeniería. Nuestro grabado da perfecta idea de la magnitud y atrevimiento de esta soberbia construcción, que por sí misma, si no existiera la maravillosa Casa del Rey Moro, vale la pena de una excursión á la encantadora ciudad malagueña, teatro de tantas leyendas de valor y de galanía.»