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Ronda, 13th March 2026 02:39
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Toreros en las barricadas: la Revolución de 1854 (I)

«Como consecuencia del golpe del general O’Donnel contra el gobierno de Isabel II, que ha pasado a la historia con el nombre de La Vicalvarada, se produjo un cruento levantamiento popular en Madrid durante el que tuvieron destacado protagonismo algunos significados hombres del toro»

En la tarde del 17 de julio de 1854 se celebró la última corrida de la primera temporada en Madrid. El Enano, que por esas fechas se presentaba como “Periódico de Ciencias, Arte y Literatura, y especialmente de Loterías y Tauromaquia”, comenzaba así su crónica: “Fastidio y grande es también describir una corrida mediana cuando el pensamiento está ocupado en bellas esperanzas de regeneración para la España, pero siendo este nuestro compromiso, fuerza es cumplirlo”. Toreaban Cayetano Sanz, Cúchares y El Tato, un cartel de postín de la época, aunque resultara “mediana”. La banda de música tocó el himno de Riego a petición de gran parte de los asistentes, en un ambiente cargado de electricidad. Al salir de la plaza, la mayoría del público y varios de los toreros que habían intervenido se dirigieron a la Puerta del Sol, donde se había concentrado una multitud. Después de los toros comenzaba la Revolución.

Es necesario ponerse en situación. Ya había tenido lugar el 28 de junio el levantamiento militar del general O´Donnell conocido por La Vicalvarada, contra el gobierno corrupto del sevillano Jose Luis Sartorius, que había suspendido las Cámaras sin convocar elecciones para gobernar por decreto y había iniciado la persecusión y deportación de militares desafectos, la represión de liberales y opositores y el cierre de la prensa crítica. El enfrentamiento con las tropas gubernamentales en Vicálvaro se resolvió de forma confusa e incierta, sin vencedores. También se había pronunciado el 7 de julio el Manifiesto del Manzanares de Antonio Cánovas, en la que ampliaban las pretensiones iniciales de los insurrectos moderados buscando el apoyo popular, prometiendo amnistía de presos políticos, bajada de impuestos y la restitución de la Milicia Nacional. Los levantamientos se extendían por diferentes puntos del país, como en Barcelona, y a la salida de los toros se había corrido la voz de que Sartorius había sido destituido.

Episodio de la Revolucion de 1854 en la Puerta del Sol. Eugenio Lucas Velázquez. Óleo sobre lienzo, c.1855. Museo de Historia de Madrid

Todas las casas de Madrid estaban iluminadas esa noche del 17 de julio, y en las parroquias se repicaban campanas entre vivas a la libertad. Las capas populares, que habían entendido la Vicalvarada como otro cambio de régimen entre los mismos de siempre, recogió de inmediato las promesas posteriores de restitución de las milicias populares y surgieron voces de la necesidad de armarse. Entre ellas, la de un torero menor, José Muñoz Pucheta, líder de los bajos fondos de La Latina, del que nos ocuparemos más tarde. Numerosos grupos fueron al gobierno civil y al ayuntamiento, incautando fusiles y municiones, y a las cárceles para liberar a los presos políticos. El granadino Cristino Marcos, abogado y político que participó en esas jornadas, describe el ambiente de las calles adyacentes a la Puerta del Sol: “Entre los grupos desarmados acá y allá se veían grupos de hombres armados con fusiles, con espadas, con sables, con bayonetas, con trabucos, con toda clase de armas, llevando otros a falta de ellas palos y piedras”.

Sería prolijo describir los acontecimientos que se sucedieron durante las 48 horas siguientes. Se ocupó el ministerio de la Gobernación sin resistencia por parte de la guarnición, y se asaltaron las residencias de la reina madre María Cristina, figura a la que se atribuía el origen de todos los males, y que tuvo que huir vestida de hombre para refugiarse en Palacio; de Sartorius, que ya estaba camino de Francia, y de otros personajes afines al gobierno, arrojando muebles, obras de arte y ricos enseres a la calle para prenderles fuego.

Página de La Ilustración, Periódico Universal. Madrid, 1854. Biblioteca Nacional.

La muchedumbre aumentaba y en un momento dado el coronel Joaquín de la Gándara salió de Palacio Real con dos regimientos de infantería que abrieron fuego contra los asaltantes, la mecha que avivó la revuelta. La situación se tornó dantesca, con cadáveres y heridos allí donde se sucedieron los combates, entre resplandores y humos de las hogueras. Se levantaron barricadas para hacer frente a las fuerzas del gobierno.  Eran combates a quemarropa en ocasiones, contra descargas de artillería, soldados, cazadores y caballería de la Guardia Civil, se combatía en calles y desde balcones y portales en diferentes sitios; la Plaza Mayor, Sol y zonas adyacentes eran un vaivén de ofensivas y contraofensivas.

En la amanecida del día 19, Cristino Marcos relata: “Para apagar el fuego de flanco de dos balcones del Casino fué necesario construir una barricada en la desembocadura de la calle del Lobo (actual Echegaray). Esta barricada se construyó y se defendió casi exclusivamente por el famoso torero Curro Cúchares y su cuadrilla, que sostuvo un fuego nutridísimo con el enemigo y le obligó a abandonar su posición”.

¿Quiénes fueron esos hombres? Acompañando a Cúchares, al que ya dedicamos una entrada en esta serie, estaba el picador Antonio Pinto. Ambos habían estado también en otro puesto en la calle de las Huertas, la misma donde vivieron Cervantes y Lope de Vega. Pinto era natural de Utrera, donde vino al mundo en 1826, hijo del célebre picador Juan Pinto. Desde niño se embebió de las faenas de campo en la media hacienda familiar. Su empeño de hacerse torero de a caballo tuvo que sortear la oposición paterna. Comenzó a destacar hacia 1850, para cubrir una extensa, brillante y accidentada carrera, con numerosas cornadas y caídas; Rodríguez Bernal recoge estas declaraciones suyas publicadas en Sol y Sombra, en las que va describiendo sus veinticuatro cogidas: “De cornás, tengo ocho mu gordas y 16 más leves; güesos rotos, dos; costillas rotas, las farsas del lao derecho; dambas cravícuras partías; y de porrazos mortales, no igo na…”. Según El Licenciado Torralba “fue un gran jinete y su fuerza hercúlea le permitía castigar a los toros hasta dejarlos hechos unas babosas”. Con fama de bruto, se cuenta que un día que viajaba en el tren correo de Cádiz a Sevilla se le pasó la parada en Utrera al quedarse dormido. Acostumbrado a tantas costaladas, nada más despertar no dudó en tirarse del tren en marcha.

Retrato de Antonio Pinto

Formó parte de las cuadrillas de la Santera y Manuel Trigo antes de enrolarse en la de Cúchares, del que se separó un año después de luchar a su lado en estas jornadas; acompañó a Montes en su fugaz reaparición, y después trabajó con Juan León, el Chiclanero, el Tato, el Gordito, Bocanegra y hasta con Cara-Ancha en 1878. Toreando cada vez menos, se retiró en 1883 a su casa de Utrera, donde falleció en 1890.  Para Neira, después del legendario Francisco Sevilla ninguno ha demostrado tener un brazo de hierro como el suyo. Según Cossío, en base a testimonios directos, “merece pasar a la historia del toreo como uno de los grandes picadores de todos los tiempos”.

Otros miembros de la cuadrilla se apostaron también en la barricada del Nuevo Rezado, edificio que hoy ocupa la Real Academia de la Historia, como los banderilleros Blas Meliz Blayé, Matías Muñiz y Juan Manuel Díaz junto al picador Joaquín Coyto Charpa. Blas Meliz nació en Valencia en 1818 y con veinte años ya se había presentado en Madrid. Banderillero de los buenos, fue un especialista consumado del salto de la garrocha. Después de Cúchares pasó a la formación de Julián Casas el Salamanquino. Sufrió un accidente con un estoque que le cortó un tendón del talón. Aunque cojeando, continuó trabajando en los ruedos, hasta que falleció de congestión pulmonar en 1856. Casas obligó al que le sustituyera que cediera cien reales a su viuda.

Matías Muñiz y Cano había nacido en Ciudad Real en 1822. Su maestro fue el célebre Joaquín Learte Calderón Capita, el gran banderillero de Montes. Gracias a su cualidad trabajó con las mejores cuadrillas, como las de Chiclanero y Cúchares, para pasar luego a la del máximo rival de este, el Tato. Desde 1848 actuó en Madrid con ellos, casi ininterrumpidamente, y algunas veces como media espada. Al fallecer el Tato no sobrevivió mucho más, falleciendo en 1872 de hidropesía. Tuvo la consideración de ser gran peón y banderillero fino. De menor recorrido fue su compañero Juan Manuel Díaz, del que no se tienen muchos datos, protegido de Cúchares, de oficio tapicero. Se dice que con ocho años saltaba la garrocha. A ruegos de su familia se retiró pronto y volvió a su oficio.

El picador Joaquín Coyto Charpa nació en Sevilla en 1812. Comenzó a trabajar en el campo y con 20 años entró al servicio del canónigo de la catedral de Sevilla Diego Hidalgo Barquero, que lo contrató para trabajar en su ganadería. Allí se destacó pronto en el manejo de ganado bravo, el caballo y la garrocha. Casado con una hermana del picador José Trigo, su vocación taurina vino a continuación. Se prueba en plazas menores mientras sigue con su ocupación, ascendido a mayoral. Cuando la ganadería pasa a otras manos, al mando de cuatro vaqueros traslada de los campos de Utrera a la dehesa de Jerez 252 reses, entre toros, vacas, erales, añojos y cabestros sin ningún contratiempo en los seis días que duró el viaje, recibiendo una gratificación por parte del vendedor y del comprador.

Es después de este trabajo que se dedica a la cosa taurina, y alternó en Sevilla en 1841. Su cuñado Trigo, contratado en Madrid, le procuró entrar en la capital, donde actuó durante diez corridas con buenas opiniones. Mientras mejoraba su técnica, los aficionados madrileños reconocieron su conocimiento del manejo del caballo y su habilidad para desmontarse en momentos apurados para evitar caídas. También sabía hacerlo a pie, con el capote y banderillas. Se da la circunstancia de que su apellido aparecía numerosas veces en los carteles como Coito.

Integrante de la cuadrilla de Cúchares, despertó siempre la admiración de los aficionados de toda España por su habilidad y poderoso brazo. Tres años antes de luchar en las barricadas le habían concedido un toro en Málaga por una vara magistral. Cossío refiere un relato aparecido en la revista Sol y Sombra sobre una apuesta que se cruzó con Manuel Trigo en Sevilla en 1848 durante una tertulia en la que estaban presentes Montes, Redondo y Cúchares, por la que se apostó 400 reales de poder picar un toro que le había correspondido en el sorteo, “una catedral con cuernos”, sin que lo derribara. Ganó la apuesta. Y ganó otra en 1858 en la plaza de San Sebastián. Al ver en los corrales los serios bichos que le esperaban, le aseguraron que iba a necesitar seis caballos. Apostó que serían menos. Picó a los seis toros y puso 36 varas. Sólo perdió un caballo. Se retiró hacia 1867 para vivir en el barrio de San Bernardo en casa de una hija, casada con un cartero, rodeado del afecto y admiración de los vecinos hasta que falleció en 1879.

Más toreros estuvieron en otras y cambiantes barricadas durante aquellas largas horas de pólvora y sangre derramada, a los que nos referiremos en la siguiente entrega.

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