Ronda se presenta a sí misma como la ciudad soñada, convirtiendo en emblema propio las palabras dedicadas por el poeta Rainer María Rilke. Emplazada a más de setecientos metros de altura sobre el nivel del mar, se halla rodeada por un círculo de sierras, embutida en el conjunto de Parques Naturales de la Sierra de las Nieves, Grazalema y Alcornocales. El río Guadalevín, (Wadi L-Laban en árabe, río de la leche), afluente del Guadiaro, divide la villa, trazando una profunda garganta conocida como el Tajo, con una caída de cien metros. Sus cerca de cuarenta mil habitantes pueden disfrutar de más de veintisiete mil horas de sol al año y una temperatura media de 15ºC, lo que unido al impresionante paisaje que contempla, a la riqueza y la monumentalidad que ofrece y a la escasa distancia de Málaga y la Costa del Sol, la convierten en un importante enclave turístico y parada obligada del viajero.
Reseña histórica
Tradicionalmente, se ha identificado la Arunda mencionada por Plinio cerca de la vecina Acinipo como la Ronda actual. En realidad, el lugar no llegaría a ser, en época romana, más que un pequeño asentamiento. Es en época islámica cuando comienza a adquirir importancia, como cabeza de una circunscripción provincial, la cora de Takurunna, y su primer poblamiento en este período fue de origen beréber. Las fuentes mencionan algunas familias beréberes de la comarca de Takurunna, como los Banu Jali, que proporcionan 400 jinetes a Abd al-Rahman I al poco de llegar a la Península, y otros que se integraron en el estado omeya desde el primer momento. De esta región son los antepasados del célebre Umar ibn Hafsún, el muladí de Bobastro que se alzó contra el poder central de Córdoba, guerreando contra dos emires y el primer califa hispano, Abderramán III. Hacia el siglo X, Ronda es ya una plaza «muy fuerte e muy antigua», según las crónicas. Sin embargo, las dudas son muchas al tratar de situar lo que hoy conocemos como Ronda. Según un autor del siglo XIII, en la región rondeña había tres núcleos de población: una ciudad llamada Takurunna, la fortaleza de Ronda (Runda) y el castillo de Onda (Unda).
La disolución del Califato de Córdoba y el consiguiente sistema de pequeños reinos independientes, taifas, que guerrean entre sí, provocará que Ronda caiga en manos de los sevillanos del rey al-Mutadid, conquista que producirá un buen número de poemas realzando su condición de plaza inexpugnable. Posteriormente pasaría a formar parte de los imperios almorávide y almohade. Es con los segundos cuando Ronda comienza a adoptar auténticas trazas de ciudad, con una fisonomía que se parece más a la de la posterior medina nazarí del siglo XIV que a la de un simple centro de refugio de centurias anteriores. En tiempos de los primeros nazaríes de Granada, Ronda será cedida a los meriníes a cambio de apoyo, hasta que las victorias castellanas alejan a esta dinastía magrebí de las tierras de al-Andalus. En Ronda se instalará más tarde Muhammad V, para iniciar su lucha por recuperar el trono granadino. En el siglo XV, los rondeños sufren los ataques de las tropas cristianas, hasta que Fernando el Católico la conquista el 22 de mayo de 1485 con la ayuda de la novedad de aquellos tiempos en los asedios, el uso de la artillería. El momento está ilustrado en uno de los bajorrelieves de la sillería del coro de la Catedral de Toledo.
El condicionamiento geológico, que la convirtieron en inaccesible, hacen de Ronda una ciudad única en Europa, circunstancia que históricamente ha entorpecido su expansión urbanística, cercada por el Gaudalevín, el arroyo de las Culebras y el imponente precipicio al norte. No tenía buena fama el lugar en el siglo XI, a juzgar por la descripción de un viajero anónimo: «Es una ciudad que lleva la marca del salvajismo, pues la severidad más desabrida no la abandona nunca / Los que la han visitado alguna vez, después de abandonarla no han tenido intención de visitarla de nuevo / Su horizonte está siempre brumoso y su plaza llena los corazones de tristeza.» Sin embargo, un siglo después, el príncipe Ismail Imad ab al-Ayyubi la vió así: «Ronda tiene uno de los castillos más formidables y elevados, que lo coronan las nubes a modo de turbante y como si lo engalanaran con collares dobles de perlas variadas». Es a partir del XIII cuando se amplía por las laderas oriental, occidental y meridional. Durante el siglo XIV, bajo el poder de los meriníes, el conjunto experimenta una serie de mejoras, enriqueciéndose con nuevas construcciones por orden del sultán Abú l-Hassan, donde su hijo Abd el Malik, conocido como Abomelic, se ha proclamado rey de Ronda, Algeciras y Gibraltar.
Durante su reinado, Madina Runda goza de una corte compuesta por filósofos, poetas e intelectuales destacados, y se convierte en un activo centro comercial, en cuyas tiendas y almacenes era posible encontrar las más sofisticadas mercaderías de Marruecos, Asia y España. Fortalezas bien guardadas, altas torres, abundantes pozos y residencias se levantan para ser heredados posteriormente por los conquistadores castellanos, que transforman sus templos y amplían sus casas palaciegas.
En el siglo XVIII, el crecimiento del Arrabal del Mercadillo obligó a dos grandiosas obras para salvarlo, conservándose la segunda, el monumental Puente del Tajo de Ronda, que enlaza la parte antigua con la moderna. Se distinguen de esta forma los tres sectores que se reconocen hoy: el Mercadillo, donde se advierte el impulso racionalista e ilustrado de Carlos III; la Ciudad, correspondiente a la medina árabe, la parte más noble, y el Barrio de San Francisco, de labradores y trabajadores del campo, al otro lado de las murallas de la antigua alcazaba.
Ronda vive el siglo XIX en su aislamiento serrano hasta que los viajeros extranjeros la descubren en pleno auge del movimiento romántico. El bandolerismo y el contrabando, favorecidos desde siempre por su escarpada geografía, y alimentado por las circunstancias derivadas de la Guerra de Independencia contra los ejércitos franceses, se convertirá a través de la literatura de viajes en una marca cuasicomercial. Merimée, Ford, Gautier, Davillier, los dibujos de Lewis, Roberts, Blanchard o Doré convierten a Andalucía en general, y a Ronda en particular, en una estampa, en la que se dan la mano el bandolero, la maja serrana y el torero valiente. En el momento de iniciar un paseo por Ronda, es importante no olvidar que detrás de esta tarjeta postal típica se esconde una historia mucho más rica y compleja, que debe gran parte de su carácter a su pasado árabe, y al impulso de la modernidad que significó la Ilustración.